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Los ganadores


Perico de los Palotes es un perfecto don nadie, como lo somos todos. No es ni más talentoso, ni más bonito, ni más feo, ni más desagradable que nadie. Aparte de alguna fobia por aquí, una manía por allá y una timidez galopante a cuestas, encaja dentro de lo que podríamos llamar normal. No obstante, es víctima, como lo somos todos, del marketing de los ganadores.
Sí, esos que te repiten en los medios que se puede llegar a ser el mejor, que se puede llegar a ser millonario, que inventan libros para ser rico y que te dicen que con actitud llegarás a la cumbre, obviando convenientemente lo imprescindible que es el talento. Esos odiosos Og Mandinos que se hacen ricos haciendo creer a la gente que todos pueden ser el vendedor más grande del mundo. Y entonces, por prestarle atención a todo eso, Perico de los Palotes se siente infravalorado en el trabajo, cree -sin percatarse de su mediocridad- que merece más, cree que su vida no vale la pena y que su genio se está marchitando en un puesto de trabajo sin sentido, sin reto, sin ninguna otra motivación que ganar dinero para comer, como si eso no fuera extraordinario en un país de desnutridos como en el que vive. Piensa que su oportunidad está por llegar, que sólo es cuestión de que un día se arme de valor para renunciar y armar su empresa de artefactos para el baño que le dará fortuna, porque como leyó en el libro de Kiyosaki, todo está en la actitud. Entonces lee un anuncio en la prensa de una nueva financiera que ofrece altos intereses por las inversiones en efectivo. A pesar de ser contador de experiencia y haber presenciado algunos timos de estos, se entusiasma con la idea y construye su respectivo castillo en el aire: ya no tendrá que trabajar, terminará de pagar su casa, podrá viajar a Europa (su sueño desde niño), y escribirá esa novela sobre la historia extraordinaria de sus abuelos que hace rato que quiere escribir. Decide investigar la empresa y contacta un par de amigos que han invertido. Se entusiasma con sus testimonios, la empresa es seria vos, a mí ya va el tercer mes que me pagan el 5% mensual sobre el total de la inversión, pero eso sí, tenés que invertir al menos cien mil para que te den esa tasa. Perico se siente un tonto por tener una cuenta de ahorro que paga ese mismo 5%, pero anual, y decide que va a provocar su despido para que su indemnización sirva para la causa. El que no arriesga no gana, piensa envalentonado, y empieza una serie de estrategias que desembocan en el despido, con la extrañeza de su jefe, quien siempre había considerado que Perico era un buen elemento. Una vez recibido el dinero de la indemnización, Perico lo invierte todo en la financiera y se siente feliz. Un representante de la financiera lo visita, llenan todos los papeles, sacan fotocopia de su cédula de vecindad, y al día siguiente, la inversión está hecha. Su mujer, una persona normal pero extrañamente sensata, mira todo el panorama como una expectadora que sabe el final y que resignadamente lo espera con paciencia. Sabe que vendrá el escándalo, las protestas en la calle, algunos años de depresión y un parásito que vivirá a costa de ella el resto de su vida, pero sin el cual –sensateces aparte- no podría vivir.




Relatos populares


La venganza

Ester fue despedida por un error suyo en las cuentas que manejaba, error que despertó la desconfianza de su jefe y del dueño de la empresa. Ella sabía que era perfectamente comprensible porque su atenuante era demasiado inverosímil, aunque no por ello mentira. Su jefe la citó en su oficina y le explicó los motivos y hasta fue cortés y amable con ella, pero de todos modos no podía sentirse bien, quién puede en estos casos. Conteniendo las lágrimas salió de la oficina del jefe, arregló sus cosas delante de sus compañeros de trabajo y salió de la empresa. La tarde preciosa que la esperaba afuera le sirvió de consuelo, mientras en el camino a casa, en la misma camioneta 72 de todos los días, pensaba en quién diablos la iba a contratar ahora, la situación en Guatemala está jodida. Como siempre ha estado y estará.

Una tarde en el parque

En la banca del parque de la colonia está sentada una pareja de esposos que mira jugar en los columpios a sus dos hijos. Es una tarde agradable. Están sentados a la par y en silencio. No se tocan. Los dos tienen una expresión satisfecha en el rostro. El marido hace una pregunta.

Los resucitados

Mi tío Luis, el sepulturero del pueblo, fue el primero que se dio cuenta de que la gente estaba resucitando. Temprano del día, de madrugada todavía, escuchó golpes en una de las tumbas de uno de los mausoleos más grandes del cementerio. Pensó que era un animal atrapado, pero luego escuchó la voz de una mujer. Sin pensarlo ni asustarse usó el pico, rompió la lápida y la pared del mausoleo, sacó la caja y liberó a la primera resucitada.