Ir al contenido principal

Carta al lector

Desocupado lector:

Creo que sería mejor que dejés de leer el presente texto y te pongás a hacer algo productivo, como por ejemplo trabajar. No encontrarás en este sitio web algo que destaque porque muchas veces escribo tonterías, o muladas, como decimos aquí en Guatemala. Otras veces escribo historias más o menos entretenidas, pero de escaso o nulo valor literario, que no trascenderán ni dejarán huella, dada su ausencia de estilo y pretensión. Sin embargo, las publico, ya ves. Y la gente, por un extraño milagro, las lee y hasta le gustan.

Tan sólo intento redactar bien las oraciones y colocar bien las comas; los puntos y comas ya son pretensión, porque salvo dos o tres escritores de los de a de veras, nadie sabe usarlos. Mis lecturas son realmente escasas, pero releo bastante los cuentos que me gustan, con la vana ilusión de que algún día lograré sacarles la magia que tienen, ese algo más que tienen las historias fascinantes y que las ponen claramente encima de las demás. Pero se sabe que un buen escritor ejecuta el truco y no te das cuenta, así como el mago desaparece la moneda sin que sepás cómo diablos lo logró. Ahí está el chiste del asunto. Algo inalcanzable para un pobre e infeliz mortal como este tu servidor.

Te preguntarás del por qué de estas divagaciones sin sentido. Te dije desde la primera línea que sería mejor que dejaras de leer el texto, pero no me hiciste caso. Obediente no sos por lo que se ve. Lo que sucede es que quiero plantearte la verdad de las cosas: cada post que se publica aquí no es más que un intento de hacer magia. Así como los aprendices de magos, a veces me sale de chiripazo algún truco y alguien se confunde y piensa que hasta puedo ser escritor. Pero los escritores, esos seres que hacen magia con las palabras y que trascienden el tiempo y el espacio con su genialidad, son gente más bien rara, o por lo menos más rara que yo. Y muchas veces son seriecitos ellos, formales y circunspectos al hablar, escriben palabras inentendibles y oraciones complejas, citan a un montón de autores y jamás escriben su literatura en Internet.

A los escritores no les gusta el fútbol, por ejemplo, por lo menos a los de aquí de Guatemala. Y yo soy un fanático del Barça y la Selección de Guatemala y un aficionado a los Rojos del Municipal. Los escritores suelen compadecerse de la gente que ejecuta oficios no trascendentes, como por ejemplo, la contabilidad y la administración. Desprecian a las personas que ejercen puestos que no son nada creativos, que son rutinarios. Piensan que están en una escala más elevada, que comprenden mejor a la naturaleza humana, que saben apreciar mejor la belleza, protestan porque los futbolistas son populares aunque no sean los mejores, aunque los escritores nacionales no sean los mejores tampoco. Suelen quejarse de que no les ponen coco en los medios, desde una flamante columna de un diario de tiraje nacional.

En algún tiempo, querido y apreciable lector, pensé en poner a la par de mi nombre el título de “escritor”, y lo hice en un par de ocasiones, de hecho. Listé a este blog en el renglón de “literatura”, en varios directorios de blogs, algo de lo que no me enorgullezco, para qué mentirte. Pero como te digo, yo no tengo nada que ver con ese gremio, nunca fui a una presentación de ningún libro, ni fui con ningún texto a ninguna editorial o concurso de nada. Porque nada hubiera logrado, te lo aseguro. Por eso, desocupado y ocioso lector, no deberías esperar mucho de tu lectura de este sitio web. Es una necedad que sigás leyendo porque yo mismo te sugerí que no lo hicieras en la primera oración y no me hiciste caso. Tal vez llegaste hasta aquí porque pensaste que ibas a encontrar algo bueno, pero como ves, no lo hay. Siento decepcionarte, pero espero que podás superarlo y sigás viviendo.

Lector, veo que seguís leyendo. No sé que pasa, pero seguís leyendo, leíste mi sugerencia de que no leyeras este texto, mi queja en contra de los escritores nacionales -algo nada diplomático ni bien intencionado- y seguís leyendo. Yo te invitaría a que lo dejaras de hacer en este mismo momento, pero quién soy yo para detenerte. Seguirás leyendo por inercia, por descubrir qué diablos diré al final, por saber en qué terminará todo este rollo. Es la fuerza de la curiosidad y las ganas de seguir perdiendo el tiempo. Has leído hasta ahora 766 palabras y no he dicho nada edificante ni interesante. No serás una mejor persona cuando terminés de leer este post. No se abrirá en tu mente una amalgama de emociones trepidantes como sucede con los textos de los escritores que son muy inteligentes y que escriben para trascender más allá de su muerte.

Pero ya que insitís en la lectura, te diré por qué seguiste leyendo. Seguiste leyendo porque de alguna manera pensaste que habría algún milagro, porque creíste que habría un final sorprendente. Porque tenías la esperanza de algo más, no sabías exactamente qué, pero algo más. Tuviste la sospecha de que no habría nada al final, pero la esperanza o la inercia pudieron más y llegaste hasta aquí. No todos llegaron, la mayoría ya se fue, pero vos seguiste, vos querías saber qué pasaría. Vos querías atrapar la idea, ya te habías embarcado en la balsa, ahora por qué no seguir hasta el final. Ya habías perdido el tiempo leyendo el primer párrafo, por qué no leer el segundo y el tercero. Y ya que estamos, por qué no el cuarto y el quinto y el sexto. Hasta que llegaste a este séptimo párrafo, en donde tampoco encontraste ese algo más. Yo en cambio sí conseguí el milagro, desocupado, ocioso y desobediente lector: conseguí que llegaras al final, que leyeras mil palabras exactas y que no te dieras cuenta del truco.




Relatos populares

El motorista

Una noche salí tarde del trabajo. Mi papá me había prestado su camioneta agrícola, un carro viejo y duro. El mío se había descompuesto y tardaría una semana en el mecánico. Estaba muy cansado, estábamos haciendo el cierre y faltaba producto y dinero. A partir de cierto momento ya no se puede avanzar y decidimos continuar el siguiente día. Cenamos una pizza que devoramos y pareció más chica de lo que era. Al salir había un frío, escribí a mi esposa que ya iba en camino. Cada movimiento era en cámara lenta porque el cansancio de varios días de trabajo se había acumulado. Solo quería llegar a casa y dormir. Mañana sería otro día. Al salir iba en automático y no recuerdo haber subido al carro y salir a la carretera. Cuando estoy cansado manejo más despacio, por precaución. A medio camino a casa noté que me seguía una motocicleta. No me rebasaba a pesar de que iba lento. El motociclista iba solo con una playera, algo que me pareció extraño por el frío que había. No sabía desde cuándo me seg

El taxista

Por el toque de queda hay pocas horas para trabajar y mucha competencia. Son las cinco de la mañana de un día domingo en plena pandemia. En el grupo de whatsapp de los taxistas todos empiezan a escribir. Casi todos dicen que está silencio.

El falso enfermo

Me endeudé con la tarjeta de crédito por mucho dinero. Al principio era para poder darme un respiro de los pagos y las deudas que tenía pero con el tiempo eso creció como espuma de cerveza cuando empecé a darme algunos gustos. Era tiempo de inventar algo diferente. Así que me enfermé de cáncer.