El abuelo

Con el paso del tiempo supe que no había nadie en el mundo a quien mi cumpleaños le hiciera tan feliz como a mi abuelo. Nunca falló en saludarme. De niño él llegaba muy temprano con su regalo que casi siempre eran pistolas de plástico que lanzaban dardos. Y yo salía de inmediato al jardín a matar a todos los malos, así como en las películas.

El abuelo Esteban siempre me llamaba temprano para mi cumpleaños y con una grabadora y cassette viejos ponía las mañanitas cantadas por algún mariachi que quién sabe cómo se llamaba. A la par de la música él siempre cantaba, todo desafinado, gritando al final.

Cuando era niño me gustaba que mi mamá me dijera que atendiera al abuelo para recibir el saludo; era la primera persona que me saludaba después de ella. De adolescente, me caía mal que me levantara temprano si mi cumple caía en fin de semana.

Siempre me decía que me portara mal, que era muy aburrido portarse bien todo el tiempo y que además dios no existía así que nadie se iba a enterar. Bueno, decía cuando se iba, ahora te toca llegar para mi cumpleaños, no te perdono si no lo hacés.

En uno de sus cumpleaños se me olvidó comprarle regalo. Apenado llegué y le dije que me disculpara. ¿Acaso te pedí regalo? Yo lo que te pedí fue que vinieras a mi cumple, y aquí estás. El regalo sos vos, Roberto, no lo olvidés.

Yo solía ir a una librería de viejo y comprarle de regalo alguna revista vieja, o un libro que fuera barato. La primera vez que lo hice no sabía bien cómo envolverlo y como no tenía papel regalo se lo envolví con la página de chistes de la prensa. Todo mal por supuesto, con un montón de tape.

Cuando lo recibió me dijo que no había recibido un regalo tan bien empacado.

En uno de sus cumpleaños yo tuve que ir a una excursión del colegio. Cuando llegué algunos días después, me dijo que gracias por llegar pero que igual no me perdonaba no haber llegado a su cumpleaños. Me lo dijo en broma, por supuesto.

Desde ese entonces, de vez en cuando me decía que no me había perdonado. Al principio me extrañaba que me lo dijera, pero después le decía, no seás rencoroso abue, ya me perdonarás algún día.

Ahora puedo recordar muchas anécdotas con el abuelo, pero debo contar ahora que recién cumplidos los veinticinco me fui de mojado a Estados Unidos. Mi relación con mi mamá siempre fue tirante, porque me exigía mucho. Yo sé que eso me sirvió, pero hubiera querido que algunas veces me perdonara por no ser tan brillante como ella, por no sacar las notas más altas ni destacar en nada.

Así que a quien más extrañé cuando me fui fue al abuelo. Me tuve que ir porque en un arranque de emprededurismo puse un almacén de electrodomésticos a puro préstamo y después las ventas fueron malas. Me fui sin pensarlo mucho, también huyendo un poco.

El abuelo siempre me siguió llamando no sólo para mi cumpleaños, sino todas las semanas. Era siempre muy divertido, me contaba cómo sus amigos ya no aguantaban a tomar tanto como antes, y me aconsejaba que me emborrachara al menos una vez al mes, aunque él nunca fue un bebedor regular.

Me seguía poniendo el mismo cassette en la misma grabadora vieja y seguía desafinando siempre.

Trabajé durante varios años en lo que caía: mesero, lavador de autos, landscaper, dependiente de tienda. Conseguía dos trabajos y con uno vivía y con el otro pagaba mi deuda. El abuelo se encargaba de pagarla y de enviarme por email los recibos. En eso tampoco falló nunca.

Estando en Denver, y a punto de pagar mi deuda, el abuelo llamó para mi cumpleaños. Tenía unas semanas de no hablar con él porque se había descompuesto su teléfono. Me llamó como siempre con su grabadora y cassette viejos, y entre una tos persistente cantó las mañanitas. El cassette a media canción, después de muchos años, se rompió. Cuando se le calmó la tos me dijo que se sentía muy enfermo y que había decidido mejor perdonarme antes de morir.

Abuelo, no digás eso, todo era una broma.

Regresé al poco tiempo a Guatemala. El abuelo estaba mal y murió un par de meses después, una semana antes de su cumpleaños. Su muerte fue fulminante para mí. No salí en una semana de mi cuarto, cuando fui al cementerio a primera hora y llevé la grabadora con el cassette remendado y canté desafinado las mañanitas entre un mar de lágrimas, solo, frente a su tumba.