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El homúnculo

El homúnculo que creé era diminuto, tenía figura humanoide, piel viscosa, voz chillona y comía manías pulverizadas. Era amistoso y obediente al principio pero poco a poco se fue volviendo impertinente e insolente. Hiriente con frases sarcásticas, terminó pareciendo una caricatura mía. Estuve a punto de matarlo.

Fue fácil crearlo, comprobé que no era una leyenda de la Edad Media y de los videos de YouTube. La receta es fácil: un huevo de gallina de patio al que se le abre un pequeño agujero por el cual se introduce semen propio. Se mantiene a una temperatura de 21 grados centígrados y se espera tres semanas.

La gente suele tenerle temor a lo desconocido y cubrir de un halo de misterio lo que realmente no lo es. He de aceptar que tuve suerte de que el experimento no se contaminara y que al final de las tres semanas ya hubiera algo que parecía un pequeño hombrecito.

Lo mantenía en una pecera cerrada, en una habitación de mi casa a la que nadie entraba.
Cuando lo saqué del huevo medía unos cinco centímetros y estaba bastante completo. Creció después unos dos centímetros más. Durante la primera semana no habló, solo pidió de comer. Le di agua y migas de pan, algo de leche; una vez probó manía pulverizada no comió nada más.

Sus primeras palabras fueron 'buenos días' y de ahí se soltó a hablar, como si siempre lo hubiera hecho. Me contó que sabía de dónde venía y que me reconocía como padre. Me quedé viéndolo y al observar esa pequeña figura viscosa y deforme, no pude sentir nada hacia él. Bueno, le contesté, serás algo mío pero no un hijo. Por lo menos me harás compañía.

Su voz chillona por momentos me fastidiaba. Le di un celular para que viera videos y leyera lo que quisiera. Los movimientos que uno hace con los dedos para él podían ser un ejercicio considerable. Se reía viendo videos de caídas que ponía una y otra vez. También le gustaba la música de Los Beatles.

Sus ojos y manos se parecían a los de los gecos; su piel iba de traslúcida a blanca por momentos. Podía caminar en las paredes de la pecera, en cuatro patas, mientras iba dejando una especie de liga que me parecía repugnante. Siempre le pedía que limpiara.

A medida que se nutría con los videos de YouTube fue haciéndose interesante platicar con él. De alguna manera la cuenta de Android del celular que le di le daba acceso a los temas que a mí me interesaban. Algunas cosas sobre mi trabajo en el sector financiero, noticias de Guatemala, videos de goles del Barcelona, entre otras cosas.

Algunas veces él inclusive me recomendaba videos. Coincidimos en que la situación actual del país era como había sido desde siempre: irremediable. Los únicos que hablan de que esto puede mejorar son los políticos, los funcionarios y los empresarios. Tal vez es que solo para ellos puede mejorar.
También hablábamos de lo increíble que era ver jugar a Messi, que no importa si está en mal momento, se saca un gol de donde no hay.

Poco a poco empecé a pasar más tiempo con el homúnculo. Él decidió nombrarse Omar, nunca supe por qué. Dejé de sentir asco por su cuerpo ligoso. Mi mujer de vez en cuando decía burlándose que preferiría que tuviera una amante para que saliera más de casa.

Un día, sin embargo, martes a la tarde bien lo recuerdo, él me tiró sus primeras palabras sarcásticas. Me dijo que había encontrado mi cuenta de Twitter y que yo no era más que un patético que quería dar lástima a cambio de un poco de atención. Que a nadie le podía interesar que un individuo equis hablara de música que nadie oía, que a nadie tampoco le interesaba que un desconocido sufriera por un amor negado.

Describió casi al pie de la letra varios de mis tuits por lo que supe que había encontrado mi cuenta anónima, que uso como desahogo. ¿Desahogo?, no seás ridículo, buscáte un hobbie, me decía. Dijo otras cosas esa tarde, citando tuits muy específicos, que me recordaron días tristes, que a veces eran todos los días.

No aguanté mucho tiempo sus palabras venenosas, salí de la habitación y no volví en tres días, hasta que volví a entrar el viernes a alimentarlo y refrescar el agua. Me trató como antes y conversamos un buen tiempo. Pensé que ya había pasado la etapa de la insolencia.

Sin embargo al siguiente día, sábado, volvió a la carga. Había encontrado mi cuenta de Facebook y no sé bien cómo se había armado un perfil ahí y en Twitter. Tenía como foto de perfil en las dos redes sociales una selfie borrosa, en la que se miraba como los extraterrestres del Natgeo.

Me recibió con una carcajada sonora. Había visto quién era mi jefe y había visto mis tuits quejándome de mis compañeros de trabajo. ¡Cómo no el gran genio quejándose de sus compañeros de trabajo! Claro, si no sos más que un genio incomprendido que debería ser jefe en lugar de su jefe. Y ni hablar de tus poetuits, cuando hablás de la melancolía y el dolor que causan las despedidas, ¡todo expresado de la manera más cursi y ridícula!

¡Cómo no te va a odiar tu esposa! Si sólo sos un patético empleado de media tabla que se cree inteligente y ella es una importante doctora especialista. ¡Sos tan inútil que ni un hijo pudiste darle y me tuviste que crear a mí para calmar tu depresión! ¡Patético!

No soporté más. Entre lágrimas de cólera salí, busqué un bate de béisbol y volví a la habitación. Él al verme pegó un brinco y salió de la pecera justo cuando di el primer batazo. Se movía rápido por la pared del cuarto, yo daba los batazos con todo el odio de mi alma. Rompí el vidrio de una ventana y por ahí se fugó al jardín. Salí a buscarlo, y pasé casi toda la noche afuera, pero no lo pude hallar.

Fuera de un lugar en donde tiene comida y techo asegurado no puede sobrevivir mucho, pensé.

Ya han pasado dos años desde que se fue. Por las noches a veces despierto gritando que lo voy a matar, porque vuelvo a escuchar una y otra vez las palabras que me dijo la última vez que lo vi. Ojalá alguna persona lo haya aplastado con el zapato y haya destripado su despreciable figura viscosa.

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Nota: cambié de alojamiento el blog y no me pude traer los comentarios. Sírvanse disculpar.