Bombolbi

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Cuando era niño mi papá compró un Volkswagen clásico amarillo al que con mi hermano bautizamos como Bombolbi. Los domingos nos permitía entrar al carro y jugar todo tipo de aventuras que nos inventábamos.

Éramos muy aficionados a las caricaturas de la tele en las que los carros se convertían en robots. Mi papá no sabía nada de la tele y fue solo porque el carro estaba barato y se lo vendió un amigo que se hizo de él. Cuando lo vimos con mi hermano por primera vez, nos miramos con la boca abierta y dijimos ¡Autobots, transfórmense!

Bombolbi nos llevaba al colegio por las mañanas y nos llevaba los domingos al Pollo Campero. Era un carro muy noble, aunque a veces se sobrecalentaba. Nunca fue un carro correlón, pero cumplía con llevarnos y traernos. Nadie más en el colegio tenía un autobot que lo llevara para todos lados.

Muchas tardes de domingo nos pasamos jugando a que el carro amarillo se transformaba en un gran robot que rescataba a la humanidad de los más descabellados villanos. Cambiábamos de emisora en el radio para que nos hablara. A veces nos hablaba con cumbias, otras con canciones en inglés ochenteras que intentábamos cantar pronunciando las palabras como se nos ocurría. 

Le poníamos su nombre con un cartelito pegado con tape. Bombolbi, escribíamos, porque no sabíamos cómo diablos se escribía.

Tres traslados de casa y dos de colegio y Bombolbi seguía llevándonos a todos lados.

Pasó la niñez y llegó la adolescencia, supimos que no se escribía Bombolbi sino Bumblebee y que eso significaba abejorro y entendimos por qué parecía abeja el robot. Aprendimos también las letras de las canciones en inglés que cantábamos de niños sin saber qué decían.

Ya no jugábamos los domingos con Bombolbi ni nos metíamos a oír radio y a jugar a que nos hablaba. Le teníamos cariño pero cuando a papá le tocó venderlo para comprar otro no lo extrañamos tanto porque el carro nuevo era mucho mejor y tenía un mejor radio.

Llegó la edad adulta, me casé y nació mi hijo. Murió papá, lo lloré un montón.

Cuando mi hijo tenía ocho años compré un carro amarillo, que era el que estaba más barato. No lo pensé mucho al inicio, pero cuando llegué a casa con él mi hijo gritó ¡Bombolbi! y fue directo a abrazarlo. Todos los recuerdos de la niñez volvieron en un instante y los dos entramos a jugar a que Bombolbi nos hablaba por medio de la radio.

Mi hijo le decía a todos sus compañeros de colegio que Bombolbi lo llevaba todos los días y le hablaba por la radio.

Los domingos jugábamos por la tarde a inventarnos aventuras en las que el carro amarillo rescataba al mundo.

Ahora mi hijo ya es adolescente y ya aprendió que se escribe Bumblebee. Con él fuimos al cine a ver la película del robot amarillo hace un par de años. Vi su sonrisa recordando cómo jugábamos con nuestro Bombolbi. Él no entendió mucho el porqué su papá estaba llorando puro ridículo al final de la película.

Todavía tengo a Bombolbi en el garage. No puede correr como antes pero está en forma.