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El altar de la Santa Muerte


Enfrente de mi casa había una casa de tres niveles. En el último piso había una cúpula, que uno de mis amigos decía que era una capilla donde estaba la Santa Muerte. El encargado del lugar era don Benito, un señor de unos 60 años, de pocas palabras, que tenía un pickup en el que hacía fletes.

No se sabía mucho del altar hasta que un día la Santa Muerte supuestamente le concedió un milagro a una mujer: su hijo sobrevivió a un tiroteo del que había quedado malherido. Una noche estaba en una caseta de tacos con sus amigos y desde un carro los balearon. Poco le faltó para morir. Después del milagro, poco a poco y sin darnos mucho cuenta, la gente empezó a llegar los días primero de cada mes a venerar a la imagen.

La noticia del milagro le había dado la vuelta a la colonia y a las colonias vecinas. Pronto la gente fue demasiada para el lugar y para los vecinos. La mayoría venía de afuera. Los vecinos de la cuadra no eran del culto a la Santa Muerte. 

Un día el cura de la colonia llegó y entró a platicar con don Benito. Dicen que le dijo que la iglesia católica no aprobaba el culto y que desistiera de él. Don Benito le contestó amablemente que el seguiría. El padre salió molesto. Después llegaron algunos pastores evangélicos a orar desde afuera de la casa para que se fuera la Santa Muerte. 

Mi abuela le tenía miedo al culto de la Santa Muerte. Pensaba que no era de Dios sino del diablo. Los días que llegaba la gente a rezarle, ella rezaba su rosario. 

La gente dejaba manzanas, puros, cigarros, licores, flores y veladoras. Hacían sus oraciones y le pedían de todo. Amor, dinero, salud, trabajo. Mi niña, decían. Niña Blanca, Santísima Muerte, bendice mi día, bendice mi suerte. Habia también, algunos pocos dicen, que pedían cosas malas, como la muerte o la ruina de sus enemigos. 

Algunas veces escuché cómo le pedían permiso a Dios para invocar a la Santa Muerte. Tuve un amigo de la universidad que por novelero se fue a meter. Iba a pedir que le fuera bien en los exámenes finales de la U. Básicamente don Benito le hacía una "limpia" pasándole un huevo por el cuerpo para sacarle lo malo, luego le pasaba chilca y por último le fumaba un puro a la Santa Muerte. Después de esto, le pedía lo que necesitaba y por último le entregaban un collar bendecido. Todo esto por la módica suma de cien quetzales, la ofrenda sugerida.

Mi amigo ganó todos los exámenes finales de la universidad ese semestre. Le decía a todo el mundo riéndose que había sido por la intermediación de la Santa Muerte. 

Como cada vez llegaba más gente, los días primero de cada mes, se hacían más insoportables. El comité de vecinos le pidió a don Benito sacar a su calavera de la colonia porque era mucha la gente. Él contestaba que solo lo podría hacer si la Niña Blanca lo pedía. Acordaron que la gente debería apartar turno para venir a ver a su milagrosa calavera. Eso calmó a los vecinos y la gente ya no se aglomeraba.

Un día amaneció un cadáver a una cuadra de mi casa, es decir a una cuadra del altar de la Santa Muerte. Era un hombre de unos 30 años de quien se decía que era narco. Como todo mundo prefiere ignorar que meterse en problemas cuando son cosas del narco, nadie sabía a ciencia cierta. Corrió la bola de que uno de sus enemigos había ido a rezarle a la calaca unos días antes. Nos preocupamos porque podría ser el inicio de una guerra de narcos. 

Poco tiempo después don Benito amaneció muerto. Unos decían que lo envenenaron, otros que había muerto ahogado en su propio vómito un día que tomó mucho licor. Otros sin más decían que lo había mandado a matar la familia del supuesto narco que apareció muerto. La familia de don Benito no dio mucha información.

Quedó de encargada una de las hijas, pero en realidad a ella no le interesaba mucho el culto. Los fieles se quejaban del mal trato. Corrió el rumor de que ella le vendería la imagen y el altar y todo lo relacionado a un narco.

Una noche vinieron de noche unos tipos y se llevaron a la Santa Muerte con todo y el altar a un lugar fuera de la capital. Una iglesia evangélica abandonada y restaurada era el nuevo lugar de la calavera milagrosa. Al día siguiente cayó en la colonia una de las mayores granizadas que yo recuerde. 

Tiempo después vi en la noticias de la tele que el nuevo templo de la Santa Muerte era el más grande de Guatemala. Los días primero de cada mes había romería para ir a pedir milagros.