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El optimista


Ricardo siempre decía que quería ser rico, que esa era su única meta en la vida. Desde adolescente leía todos los libros de superación y asistía a los seminarios de superación personal. Sin contar las veces que se metió a esquemas piramidales. Sus redes sociales estaban llenas de mensajes de motivación. 

Lo conocí cuando estudiábamos la secundaria, a principios de los dos mil. En ese entonces internet se reducía a un par de buscadores y la velocidad era lamentable. Pero ya estaban a la orden del día los esquemas para hacerse rico fácil y rápido. Eso fue lo primero que buscó Ricardo cuando fuimos a un café internet donde comprabas media hora para navegar.

—Riqui, los únicos que hacen dinero son esos gurús.

—Dejáme, yo se lo que hago.

Ricardo consiguió su primer empleo después de que salimos de bachillerato, en un banco. Decía que estar cerca del dinero le iba a dar suerte. Para ese entonces empezaban a despuntar las redes sociales. Con su tarjeta de crédito compraba cursos en línea para hacerse rico. En poco tiempo se le volvió vicio.

Probó cursos de todos los sabores, al mismo tiempo que se enrolaba en empresas multinivel. A veces me invitaba a ser mi propio jefe pero se molestaba cuando le preguntaba por qué seguía trabajando en el banco. Ese trabajo fue lo que lo mantuvo un poco en la tierra. Su papá le había prohibido renunciar hasta que no estuviera ganando lo mismo en sus emprendimientos de gurús de internet.

Todos los gurús de cursos y métodos de ganar dinero por internet son prácticamente lo mismo. Algunos son más grandilocuentes y egocéntricos que otros, pero desde que mencionan que podés hacerte rico ya están mintiendo. Casi siempre empieza con un webinar gratuito, en el que te venden el curso con un 80% de descuento por única vez. Y luego de ese curso, una masterclass, un coaching personalizado y un evento presencial o en línea. Muchos lo que hacen es convertir a sus alumnos -o como dicen algunos, su tribu- en gurús a su vez. Otros le llaman familia, y agregan, con la familia nadie se mete.

Yo miraba los estados de Facebook de Ricardo, llenos de frases motivacionales, de invitaciones a cursos en línea, a veces algunos productos generalmente cosméticos o suplementos vitamínicos. A pesar de varios años sin resultados nunca parecía darse por vencido. Le debo agradecer que conmigo nunca insistió mucho a que me apuntara a sus redes piramidales.

Creo que ese discurso del éxito puede hacer daño. Nadie quiere ser un perdedor y todos quieren ser los número uno. Los logros nunca son suficientes. Para algunos se trata de despertar envidia.

Siempre era la misma historia hasta que un día Ricardo se cansó. Un curso que le compró a un gurú de tantos, en el que el tipo se presentó a su sesión de coaching borracho, fue la gota que derramó el vaso. Escribió un post larguísimo en Facebook en donde relataba toda su lucha persiguiendo un negocio propio que lo hiciera rico o al menos ganar lo suficiente para no sufrir por las cuentas y las deudas. Un negocio que nunca encontró.

Farsante tras farsante, decía, se había burlado de sus ilusiones. Una nota muy sentida que acabo de volver a leer al escribir estas líneas. La primera vez que lo leí lo llamé por teléfono y le dije que lo sentía, pero que me alegraba que se hubiera dado cuenta. 

Me lo encontré la semana pasada junto a su familia en un supermercado. A través de las mascarillas sonreí cuando dijo que al fin se le había quitado lo burro y se había librado de ese vicio de andar buscando fórmulas mágicas. Me dijo al despedirse que no hay nada de malo en ser empleado y no un emprendedor exitoso.




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