El desempleado


Miré mi estado de cuenta de banco en el cajero automático y me reí bastante. Tenía diez quetzales con veinticinco centavos. Era lo único que tenía. No era una cantidad que pudiera sacar del cajero así que fui al supermercado a comprar unas galletas y una lata de atún. Solo me alcanzó para el atún. Creía recordar que en casa tenía pan, así que podría almorzar. Mi desayuno había sido un huevo cocido. Para la cena no sabía qué iba a comer. 

Debía tres meses de renta y la casera me miraba amenazante. Yo siempre pagué mis deudas a tiempo, no solía deberle a nadie, y ahora estoy prácticamente sin nada. Ya vendí mi tele y la computadora y todo lo que podía vender, pero ese dinero se terminó hace un mes. Alguna vez pensé que iba a ser rico porque mis primeros trabajos fueron en puestos importantes, pero la vida no es como la sueñas.

En resumidas cuentas, estaba quebrado y me tocaba pedir ayuda. Pedir ayuda me cuesta y me da vergüenza porque es aceptar que no pudiste, que no eras tan bueno como creías, que fracasaste. Me ponía mal. 

Mi hermana vive a unos 20 minutos de mi casa, a pie. Con una moneda la llamé de un teléfono público y le dije que llegaría porque necesitaba pedirle un favor. Empecé a caminar, caminar hace bien porque podés pensar sin sentirte tan abatido como cuando estás pensando tirado en la cama.

Recordé cómo empezó todo. Me puse enfermo una noche y tuve que ir a la emergencia del hospital. Tenía cálculos en la vesícula que debían ser sacados de inmediato. Por complicaciones posteriores estuve en el hospital un mes. Se fueron todos mis ahorros y además me endeudé. Al regresar al trabajo me despidieron. Con la liquidación pagué parte de mis deudas. Pensé en que no me costaría encontrar trabajo, pero no me recuperé pronto de la operación. Me costó un par de meses sentirme bien de nuevo.

Buscar trabajo es también un trabajo aparte. Buscar en redes, ordenar tu currículum, ir a exámenes de personalidad, conseguir los récords policiales, citas con gente de recursos humanos que te dicen que ellos te van a llamar. Casi nunca llaman. A partir de cierta edad el mercado laboral te empieza a descartar. Solía acomodar mi experiencia a los requisitos de los empleos en el currículo, pero nunca dio resultado. Pasé así seis meses. Se acabó lo último que tenía de dinero. Empecé a vender cosas, quité el cable y el internet del apartamento. Lo último que vendí fue la computadora. Mi guitarra y mi teclado también se vendieron. Pero no encontraba trabajo.

Llegué a la casa de mi hermana. Ella sabía que algo estaba mal conmigo, su sonrisa comprensiva fue reconfortante. Mis sobrinos, unos niños muy simpáticos, se alegraron de verme y me pidieron que los llevaba al parque. Los llevé y jugamos pelota un buen rato, hasta que nos cansamos. Sudando regresamos a la casa. Me quedé a cenar. Cuando me despedí, mi hermana fue a dejarme a la puerta y metió algo en la bolsa derecha de mi pantalón. No digás nada, me dijo. Volvé cuando necesités.

Al llegar a casa vi que me había dado doscientos quetzales. No iba a pasar hambre durante los días siguientes. Algo se quebró dentro de mí y me puse a llorar durante algunos minutos. Tomé una ducha y decidí que al día siguiente me iba a levantar temprano e iba a seguir en la búsqueda. 

Algunos días después recibí la llamada de un antiguo colega del trabajo de donde fui despedido. A él también lo habían despedido poco tiempo después y ahora estaba en una empresa de la competencia. Había un puesto vacante que podría ser para mí. Me puse mi mejor ropa y mi mejor cara y fui a la entrevista. Me dieron el empleo. Ese día regresé a la casa de mi hermana a jugar con mis sobrinos toda la tarde.

Con el pago de la primera quincena les compré una pizza.

José Joaquín

Soy José Joaquín y publico mis relatos breves en este sitio web desde 2004. ¡Muchas gracias por leer! Gracias a tus visitas este sitio puede existir.

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