Archivo de: Julio, 2004

Llanto egoísta

Ayer cumplió un año de muerto mi hermano Nery. Lo supe y lo sentí mi hermano hasta una semana antes de su muerte, porque en realidad él era primo mío. Solía decirme: “vos sos mi hermano porque el tío Quincho es mi papá”. El tío Quincho, por supuesto, es mi papá. La diferencia de edad (era 36 años mayor que yo) tuvo algo que ver en ello, supongo.

Durante la dos semanas anteriores a su muerte, toda la familia agonizó a la par de la cama del hospital. Todos los días íbamos de visita o preguntábamos por teléfono cómo estaba. La cafetería del sanatorio se llenaba de familiares y amigos. Pero ya en la última semana, sabíamos que era poco probable que sobreviviera a las complicaciones del hígado y riñones.

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Tester

Dos señoras viajan a Miami y salen a vitrinear en los malles de la ciudad. Entran en una tienda de perfumes y se ponen a buscar alguno que les parezca. Después de algunos minutos probando varias fragancias, vieron que a ambas les había gustado la misma. Fueron con el encargado y le pidieron el aroma escogido:

Señora 1: —Denos de ese que se llama Tester.
Encargado de la tienda: —¿Perdone señora?
Señora 2: —Sí, ese perfume que se llama Tester. De ese queremos.
Encargado: —Lo siento señoras, no existe esa fragancia. Tester significa probador en inglés.

Los genios ya no son como antes

El otro día, iba todo hecho lata porque en el chance todo me fue mal. Venía por la calle pateando piedras y caminando con desgano. De repente, a la orilla del camino, ví algo brillante. Era una lámpara mágica color oro, la recogí. Como manda la costumbre, la froté y salió el consabido genio.

—Hola amo, soy el genio de la lámpara, puedes pedir un deseo que yo te lo concederé —dijo con voz en eco—.

—¡Qué joder! —exclamé yo—. Antes le concedían a uno tres deseos y ahora sólo un pinche deseo decís vos que me vas a conceder. Todo está devaluado ahora, hasta los deseos de las lámparas.

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Últimas cinco calles

Me sorprendí viéndome a mí mismo. Es como si uno estuviera siguiéndose en un helicóptero silencioso una altura de diez metros. Pude ver mi propio caminado, mis gestos. Para ser honestos, me miraba bien.

Allí iba yo, llegando a la esquina del Conservatorio y tercera avenida. Doblé la esquina y me dirigí hacia el sur.

Cuando llegué a la sexta calle, iba cruzando la chava de la tienda fotográfica. Me encanta cómo se mira en pantalón de uniforme con su caminar decidido.

Como siempre me le quedo viendo. Pasa a mi par pero ahora veo lo que nunca había visto: ella huele mi aroma. Es decir, como olfatea uno a alguien del sexo opuesto. Lo hace con un movimiento leve y escondido, pero lo hace. “Le gusto a la desgraciada”, me dije con una sonrisa.

Seguí mi camino. Encuentro un par de patojos drogadictos que me piden pisto. Les doy unas fichas para que me dejen tranquilo; me sacan la madre a mis espaldas cuando se alejan. Malcriados.

Es curioso cómo volteo a ver cuando cruzo la calle. Casi ni muevo la cabeza, sólo hago un reojo y decido si continuar o parar.

Los cieguitos de Prociegos, vendiendo su lotería Santa Lucía. La verdad, no creo en esas cosas de la suerte, aunque tengo un par de primos que se sacaron buena feria en la lotería. Pero es definitivo, no compraré billetes.

En la agencia de viajes hay un par de chavas que están buenas. Las busco con la mirada. Por no poner atención al camino me tropiezo, qué bruto que soy. Me miro chistoso cuando volteo para todos lados preocupado de que alguien me haya visto. Suerte que no había nadie en la calle.

Cuando llegué a la décima calle, no me di cuenta que la Suburban venía a toda velocidad. En vano me grité para avisarme. Al ir cayendo, escucho un par de gritos de la gente que va pasando. Quedé ahí tirado, en medio de la calle. Lo vi todo, y no pude hacer nada.

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