Lo que importa es lo de adentro

Por José Joaquín López

La verdad es que la gente prefiere que le mientan. La gente no quiere la verdad, prefiere la ilusión o la fatalidad porque entretienen más. Hay que mentir pero hay que saber hacerlo bien. Les voy a contar la historia de cómo llegué a tener dinero y ser respetado sin tener que trabajar tanto. La vida es aburrida, poco emocionante. Mi juego siempre ha sido aprovecharme de eso, de que la gente siempre le va a creer más a quien prometa más, a quien mienta más y a quien mienta mejor.

Eso lo saben muy bien los políticos, que prometen cualquier cosa con tal de llegar al poder. Lo saben también la gente de márquetin, y lo usan a su favor. Lo saben también los columnistas de prensa y los opinólogos de internet y de los medios.

No estoy revelando ningún secreto, ni estoy juzgando a nadie. Con la mentira muchos nos hacemos más cómoda la vida. El problema con mentir es que hay que hacerlo bien, hacerlo creíble, estudiar a las personas de las que podemos aprovecharnos y descartar a las que no están dispuestas a creer. Para llegar a hacer grandes cosas se necesita esfuerzo mental y lo bueno es que la gente es perezosa para pensar.

Permítame el lector que omita en el relato las alusiones a mi familia. Como única revelación diré que estoy casado y que tengo dos hijos pequeños.

Cuando era adolescente descubrí que se podía engañar fácilmente a los compañeros del colegio. Un día compré esencia de caramelo, la diluí un poco, le eché un poco de alcohol y mojé algunas hojas de papel bond. Corté las hojas en cuadritos y los vendí como droga. Fue divertido, hice algo de dinero y los que masticaban el papel sentían efectos sedantes, ¡como si fuera una verdadera droga!

La bola de que yo vendía droga en papelitos corrió muy rápido y en menos de una semana ya tenía clientes de otros colegios. Los clientes me enviaban mensajes por medio de otros alumnos solicitando papel y yo se los vendía a la salida del colegio. Hice buen dinero mientras duró, porque pronto me delataron con el director y me expulsaron. Obviamente no pudieron demostrar que yo vendía droga, porque no la vendía. No pasó a más. Recibí por supuesto una buena regañada de mis papás, pero al poco tiempo se les olvidó. A mí papá le hizo gracia que yo tuviera esos alcances. A mi mamá no tanto.

En el siguiente colegio ya no hice lo mismo. Comencé a vender baratijas a precios caros, y funcionó bien. Ahí aprendí la gracia de mentir y de seguir siendo respetable y hasta admirado. Lo que se vende no es el producto, se vende una sensación, una aspiración. La vida de todo el mundo es aburrida e intrascendente, así que hay que vender trascendencia e ilusión.

Cuando terminé el bachillerato y llegué a la universidad no estaba dispuesto a estudiar. Quemarme las pestañas durante largas noches para terminar como un funcionario o un empleado más no era mi ideal. En la universidad hice mi primer negocio vendiendo los exámenes a los alumnos. Pero no a todos, a los que pagaran más. Había que hacerse amigo de los conserjes, de algunos auxiliares y de algunos catedráticos.

Está muy mal vista la corrupción, pero con un poco de ingeniería social y de intercambio de favores la cosa era relativamente fácil. La gente se sorprendería al saber cuántos alumnos cum laude se han beneficiado de conocer los exámenes con anticipación. No todos los exámenes, no todos los cursos, no todos los alumnos, pero digamos que no es tan difícil ser alumno destacado si sos medianamente inteligente y si tenés dinero o contactos.

Después de un año me aburrió la universidad. La universidad no es más que un montón de gente que quiere cambiar de nivel económico y se tragó la idea de que estudiando lo va a lograr. Como algunos lo logran parece que es así, pero no. El sistema es el capitalismo, así que manda quien tenga dinero, no importa de dónde venga, importa que tenga, y mucho.

Cuando cumplí veinte hice mi primer esquema Ponzi. Lo estudié bien y diseñé mi plan para salirme a tiempo. Me fui a México, compré una identificación falsa, me hice de una sociedad anónima y contraté gente. Como yo era muy joven puse como gerente a un ejecutivo venido a menos con apariencia respetable. El esquema es fácil, inversiones con grandes retornos hacen caer a la gente ambiciosa, porque hay que decirlo: la primera regla de la estafa es que no se puede estafar a la gente honrada. La gente honrada sabe que cuando algo es muy bueno para ser cierto, es muy bueno para ser cierto. No hay cuentos de hadas en este mundo ni nadie es mago.

Enviaba el dinero a Guatemala puntualmente, y un día, cuando ya los primeros inversores comenzaron a sospechar, me vine de regreso a Guatemala con una buena cantidad de dinero. A varios de mis ex empleados los arrestaron, pero bueno, son los daños colaterales inevitables. Me la pasé de vacaciones dos meses enteros en buenos hoteles y con buena compañía. El dinero o la apariencia de dinero funciona muy bien. Al terminar mis vacaciones puse un restaurante caro e hice contactos para lavar algo de dinero, no mucho, para ayudar a la causa de los banqueros. Me asocié con gente respetable así que en ningún momento estuve en peligro. No podés dejar que la ambición desmedida te pierda, hay que conservar ciertos niveles para no arruinar el negocio a largo plazo.

Cuando tuve mi restaurante compré mi título universitario de abogado. Sólo hay que saber leer las leyes que afectan tus actividades y ya está, ser abogado es más cuestión de saber cómo funciona el sistema o de saber quién sabe cómo funciona el sistema. No es la gran cosa. Es como ser escritor, sólo hay que inventarse un montón de palabras que digan cosas más o menos lógicas. Es más difícil hacerse pasar por médico o ingeniero, aunque todo es posible si hay dinero.

Durante varios años el negocio del restaurante fue bastante bien como negocio y el extra del lavado de dinero más que bien. Pero entonces comenzaron a perseguir a algunos de la red de la que yo formaba parte. Yo ya estaba preparado, así que vendí a buen precio el restaurante, puse algunas cuentas a nombre de mi mamá y me fui a Panamá mientras bajaba la marea. La pasé muy bien en Panamá. Regresé después de tres años.

A pesar de darme mis lujos siempre he tratado de mantener una apariencia de clasemediero y de hombre trabajador. El gran error de los nuevos ricos es querer ser aceptado en los círculos exclusivos de las familias ricas y poderosas y ahí no hay cabida para los advenedizos y peor aún para los desesperados por atención. No me interesa la fama ni el reconocimiento social, yo ya sé que tengo y que sé más que muchos por ahí, pero no necesito que se me den premios por eso. Por eso ni siquiera tengo redes sociales.

Si alguien por ahí buscara en Google mi nombre no encontrará más que dos notas de prensa, ya algo antiguas, en donde estoy en las páginas sociales como un invitado a una inauguración de un negocio. Después de esas publicaciones aumenté mis precauciones para no salir fotografiado con nadie. Una buena táctica es ser el fotógrafo y no caer en eso de tomarse selfies en grupo.

Después de mi regreso de Panamá me aseguré de no estar en la lista de los perseguidos, y efectivamente, no estaba. Puse un par de tiendas de accesorios de celulares y de ropa para mantenerme entretenido y seguir ganando dinero y un poco de respeto en los círculos en donde me conocían. Pero no era suficiente, así que regresé al lavado de dinero y algunos otros negocios no tan lícitos, pero siempre con gente respetable, y sólo en ciertos círculos. Si me miran por la calle yo no suelo ostentar, no tengo carro del año y mi casa por fuera no es atractiva. Lo que importa es lo de adentro.


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