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El indolente

Iba cruzando la plaza central de la Ciudad de Guatemala cuando vi al niñito de unos tres años corriendo atrás de las palomas que suelen visitar la plaza. Se divertía a carcajadas viendo cómo le huían. De repente, una de las palomas que ahuyentaba el güiro voló de regreso en contra de la vía de sus compañeras, y fue a picotear en la cabeza al niño, que asustado, respondió llorando.

Luego vino otra paloma envalentonada por el ejemplo de su compañera y también picoteó al niño. Al rato ya eran cuatro animales picoteando al infante, cual aves de rapiña. El patojo cayó al suelo derrotado por las aves enfurecidas, que después de unos segundos ya sumaban la docena. Alrededor del espectáculo nos formamos varios transeúntes curiosos, inmóviles y estupefactos. Las palomas lo hirieron por todos lados, y fueron llegando más, en la misma proporción que crecía el número de curiosos que veíamos el linchamiento palomar hacia el niño. Cuando dejó de respirar, las palomas desaparecieron.

Unos limpiabotas se acercaron para comprobar la muerte. Cerraron los ojos del niño y anunciaron que estaba muerto. Las mujeres se pusieron a llorar, los hombres miraban al suelo con los brazos cruzados. La policía y los bomberos fueron avisados y con ellos vinieron los reporteros, esa gente que se codea una con otra para estar más cerca o tomar la mejor fotografía. A uno de ellos le respondí que había llegado ya cuando había terminado el ataque de las palomas, que no sabía nada.




Relatos populares


La venganza

Ester fue despedida por un error suyo en las cuentas que manejaba, error que despertó la desconfianza de su jefe y del dueño de la empresa. Ella sabía que era perfectamente comprensible porque su atenuante era demasiado inverosímil, aunque no por ello mentira. Su jefe la citó en su oficina y le explicó los motivos y hasta fue cortés y amable con ella, pero de todos modos no podía sentirse bien, quién puede en estos casos. Conteniendo las lágrimas salió de la oficina del jefe, arregló sus cosas delante de sus compañeros de trabajo y salió de la empresa. La tarde preciosa que la esperaba afuera le sirvió de consuelo, mientras en el camino a casa, en la misma camioneta 72 de todos los días, pensaba en quién diablos la iba a contratar ahora, la situación en Guatemala está jodida. Como siempre ha estado y estará.

Una tarde en el parque

En la banca del parque de la colonia está sentada una pareja de esposos que mira jugar en los columpios a sus dos hijos. Es una tarde agradable. Están sentados a la par y en silencio. No se tocan. Los dos tienen una expresión satisfecha en el rostro. El marido hace una pregunta.

Los resucitados

Mi tío Luis, el sepulturero del pueblo, fue el primero que se dio cuenta de que la gente estaba resucitando. Temprano del día, de madrugada todavía, escuchó golpes en una de las tumbas de uno de los mausoleos más grandes del cementerio. Pensó que era un animal atrapado, pero luego escuchó la voz de una mujer. Sin pensarlo ni asustarse usó el pico, rompió la lápida y la pared del mausoleo, sacó la caja y liberó a la primera resucitada.