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El suicida

El lunes había tomado la decisión de suicidarme. Pero no como producto de una depresión severa o de alguna deuda o de alguna mujer desalmada que me hubiera traicionado. No. Simplemente la pura gana de llevarle la contraria a Dios, la naturaleza, el destino o como le llamen ustedes. ¿Cómo es eso que yo no puedo decidir cuándo acabar con esta vida (iba a decir de mierda pero mi vida no es de mierda)?

Le comuniqué mi decisión a mi amigo Humberto y él, como siempre, me dio su total e irrestricto apoyo. Esos son los amigos. Mi familia no lo entendió tanto pero la aceptó, porque una decisión así, tomada en ejercicio total de las facultades mentales, se debe respetar.

Ya con el apoyo de mis amigos y familia fui al puente El Incienso, el clásico punto de suicidio. Quería que la última sensación fuera de vértigo. Ya situado en el puente, decidí llamar a Humberto.

—Mirá mano, ya estoy aquí en el puente, a punto de tirarme —le dije envalentonado.

—Yo estoy con vos manín, vos sabés que podés contar conmigo para todo.

—Gracias vos, sólo llamaba para despedirme. Si voy al cielo o al infierno, vengo a contarte cómo es la onda, así como habíamos quedado.

—Orale pues. Pero te tirás de cabeza, sos hueco si no lo hacés.

—Me canso ganso. Así cuando me encuentren los bomberos tendré la cabeza insertada en el tronco, y no como con los morros que se tiran de pie, que tienen el fémur metido entre los pulmones. Yo soy de los huevudos manin.

—Orale pues, buen viaje.

Al terminar la plática, no voy a negar que me entró un poco de tristeza, al fin y al cabo soy un ser humano.

Ya estaba tomando impulso, cuando sonó mi celular. Algo se le ha olvidado al Humberto, pensé.

—Aló, qué onda —contesté apurado, ya la adrenalina estaba fluyendo.

—Hola tío, soy Paoli —dijo una vocecita al otro lado de la línea—. ¿Qué estás haciendo tío?

—Pues aquí trabajando —mentí.

—Hay te acordás de venir a mi piñata el domingo, te voy a dar tu sorpresa con dulces y juguetes para niño —dijo Paola, recordándome la celebración de su cumpleaños.

—¡Es cierto! El domingo cumplís los cinco, gorda. Tal vez no voy a estar.

—Yo me voy a poner triste si no vas tío —dijo con voz apagada la Paoli.

—Está bien, ahí voy a estar.

—¿Puedo colgar ahora tío?

—Sí claro.

Me quedé un rato viendo al vacío, con las palabras de la Paoli todavía sonando en mis oídos. Me volteé, subí la baranda de regreso y me fui caminando a la oficina.

Otra vez que no lo hiciste, sos un hueco, me dijo el Humberto cuando le conté. Soy un cobarde, qué le vamos a hacer, le contesté.




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