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Cosas que te pueden funcionar

Hay varias cosas que funcionan. Hacerte la víctima de algo o de alguien siempre te va a atraer simpatizantes que te defiendan, porque siempre quieren creerte, no me preguntés por qué, pero quieren creerte. Podés escoger a la sociedad como victimaria, y en especial a áquel cura que en secundaria te obligaba a rezar el padrenuestro.
Cuál fue tu sorpresa -le dirás a la mara- al descubrir que Dios no existe y que mucho menos podía ser cristiano. Entonces, ¡zas! tenés a la gente diciendo que sí, que es cierto, que la Iglesia por siglos ha sojuzgado al pueblo y es hora de enseñarle que hay libertad, aunque al etéreo y difuso pueblo del que hablás no le importe porque lo que le interesa es tener una explicación del más allá y una idea de por qué hacer el bien es mejor. Y tenés, por otro lado, a los fanáticos religiosos (no todos serán fanáticos, pero a vos te conviene decir que sí) que te mandan mails y cartas regañándote o compadeciéndote, y te regocijás porque les lograste provocar ronchitas, aunque claro, ese no era tu objetivo, tu objetivo era decir la verdad tal cual es, porque aquí en este país nadie se atreve a decirla. Conviene usar siempre el plural (por ejemplo “ellos”), porque si decís que sólo fueron dos, no la vas a hacer.

También está aquél método de acudir al corazón. Le contás a la gente que aquella tipa te dejó y que te estuvo engañando a pesar de que vos pensabas en ella para envejecer juntos y para madre de tus hijos. Y entonces viene la gente y te dice que la tipa no te merecía, que vos tenés un gran corazón, y que ella se lo perdió. Aunque en el fondo sepás que la tipa se fue porque vos andabas calientón por otra, pero claro, eso es mejor que no lo contés, porque a la gente no siempre le interesa el asunto aquel de la sinceridad, sino más bien el del cuento creíble.

Podrías también recurrir al truco de atacar a los famosos. Escogés a un cuate que reciba bastante más atención que vos y le apuntás a matar y descubrís todas sus verdades y le decís en su cara las cosas, porque vos vas siempre de frente (vos no fuiste el que mandó esos mails abusivos y esos comentarios anónimos). Entonces, con algo de suerte, le habrás pegado al famoso en su amor propio y éste responda y se arme la polémica y todo el rollo. Lo que debe quedar claro es que vos buscás la verdad, nada más, la polémica no te importa.
También podés recurrir a la manera inversa, o sea, deshacerte en elogios a los poderosos y famosos (con disimulo y sin fruición), porque todos llevamos una cosa bien adentro llamada ego que quiere siempre aplausos y que tiene la lógica de que aquel que tanto aplaude no puede ser del todo malo, algo habrá de sinceridad, qué se yo, ayudémoslo, parece buen tipo, hoy por tí mañana por mí.

Por último (no porque sólo hayan estos métodos, sino porque no se me ocurre otro por el momento), está aquella fórmula de inventarte historietitas que tengan en parte lo tuyo, en parte lo de otros y en mínima parte lo que te inventás vos. Porque ahí todo está en clave, y los criticados pueden hacerse los locos. Y vos también. Pero no digás que lo tuyo es arte, porque luego tenés explicar por qué es arte, por qué lo del otro no, o por lo menos no tanto, y eso es aburrido.




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