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Habitantes de la Tierra


Hace algún tiempo José era un hermoso niño de cinco vivarachos años. Una noche antes de dormir, su papá se sienta en la cama de él a platicar. José no parecía tener sueño. De repente, le pregunta a su papá: “papa, ¿cuántos habitantes tiene la Tierra?”. Papá se sorprende de la pregunta, y como no sabía el dato, le contesta que no sabe.

Después de dejarlo dormido, papá le comenta a mamá la curiosa pregunta del patojo. Papá pensaba que para un chirís que apenas cuenta hasta diez, el dato no iba a tener sentido. Mamá se la toma en serio, y recomienda a papá buscar la respuesta para satisfacer la curiosidad del niño. En ese entonces la cosa no estaba tan fácil como ahora que sólo tenés que ir a Google.

A los dos días, papá trajo la respuesta: 3,000 millones de habitantes.

José Joaquín escuchó sin inmutarse y respondió serio:

—Esos son los vivos, ¿y los muertos?


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La venganza

Ester fue despedida por un error suyo en las cuentas que manejaba, error que despertó la desconfianza de su jefe y del dueño de la empresa. Ella sabía que era perfectamente comprensible porque su atenuante era demasiado inverosímil, aunque no por ello mentira. Su jefe la citó en su oficina y le explicó los motivos y hasta fue cortés y amable con ella, pero de todos modos no podía sentirse bien, quién puede en estos casos. Conteniendo las lágrimas salió de la oficina del jefe, arregló sus cosas delante de sus compañeros de trabajo y salió de la empresa. La tarde preciosa que la esperaba afuera le sirvió de consuelo, mientras en el camino a casa, en la misma camioneta 72 de todos los días, pensaba en quién diablos la iba a contratar ahora, la situación en Guatemala está jodida. Como siempre ha estado y estará.

Una tarde en el parque

En la banca del parque de la colonia está sentada una pareja de esposos que mira jugar en los columpios a sus dos hijos. Es una tarde agradable. Están sentados a la par y en silencio. No se tocan. Los dos tienen una expresión satisfecha en el rostro. El marido hace una pregunta.

Los resucitados

Mi tío Luis, el sepulturero del pueblo, fue el primero que se dio cuenta de que la gente estaba resucitando. Temprano del día, de madrugada todavía, escuchó golpes en una de las tumbas de uno de los mausoleos más grandes del cementerio. Pensó que era un animal atrapado, pero luego escuchó la voz de una mujer. Sin pensarlo ni asustarse usó el pico, rompió la lápida y la pared del mausoleo, sacó la caja y liberó a la primera resucitada.