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Blogfans

Una amiga mexicana me contaba el caso de un blogger demasiado exitoso, que quiso abandonar el blog agobiado por los fans. Era su amigo y vivía enfrente de la casa de ella, en un suburbio del DF. Como cualquier otro ejecutivo de mediana tabla, con conexión a internet y un poco de tiempo de ocio, badboy (ese era su nick) descubrió el mundo de los blogs y decidió poner el suyo. Lo único que quería era escribir ficción fácil para relajarse. “El blog al menos tendrá un lector que se divierta: yo mismo”, decía en uno de sus primeros posts.

El blog pasó sin pena ni gloria durante un año, pero luego del primer aniversario el número de visitantes empezó a crecer demencialmente. Al principio badboy se alegró y colocó un banercito de publicidad, que en menos de un mes ya estaba generando en dinero lo que él ganaba con su puesto gerencial. La parte que no estaba bien o por lo menos no era normal, era la de los comentarios. Cada post tenía más de 300 comentarios, con 250 comentaristas diferentes de promedio. Y todos, sin excepción, felicitaban de forma casi enferma cualquier cosa que él escribía. “Hasta yo me contagiaba de esa emoción, y comentaba casi entre lágrimas”, me confesaba mi cuata.

Al terminar el primer mes después del aniversario, badboy ya contaba 500 comentarios por post. Todos seguían en el mismo tono, con palabras exageradas de admiración hacia su escritura, poemas y acrósticos dedicados a badboy, mujeres y hombres proponiendo sexo, a pesar de que la foto que aparecía en su perfil era la de un cuate terriblemente feo. Badboy empezó entonces a escribir más light, lo más cursi que se le ocurría, con faltas de ortografía y mala redacción, pero la gente seguía igual. “Gracias maestro”, “me hiciste emocionar”, “te quiero”, “genial”, “eres lo máximo wey”, “sos un capo, ídolo”, escribían los alucinados comentaristas, aunque el post tuviera una sola línea, y mala.

Los comentarios seguían aumentando de forma anormal, para el segundo mes ya eran varios miles por cada post publicado. Si él decidía no escribir, empezaban las reclamaciones furibundas, los insultos, los mails amenazando de muerte e incluso intimidantes llamadas de teléfono a su casa, porque hasta eso habían logrado averiguar. Badboy estaba secuestrado por su propio público, al que ya no le importaba nada más que él siguiera escribiendo para satisfacer su enferma adicción. Cuando un día no publicó por la tarde, como solía hacerlo, por la noche tenía en su casa a una docena de fans somatando la puerta y exigiendo un nuevo post. Badboy notó que muchos de ellos rieron dementes y babeaban como idiotas cuando les anunció que ya había escrito un nuevo tema.

Badboy decidió entonces escapar a Guatemala, donde tenía parientes cercanos viviendo. Un día viernes publicó el que sería su último post, arregló sus maletas y empezó a cargar el carro, pero uno de los fans babeantes de la otra noche lo vio y fue a llamar a sus compañeros idiotas. En menos de cinco minutos estaban ya unos veinte fanáticos rodeándolo y reclamándole su huída. Lo hicieron entrar en su casa a la fuerza, y mi amiga -—que vió todo esto desde la ventana de su casa-, estupefacta—, sólo alcanzó a escuchar algunos gritos de terror y luego la policía.




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