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Era mediodía y las tripas estaban protestando, así que pasé a una gasolinera a comer un hotdog. Cuando salí del carro se acercó un viejito a venderme flores, le hice señas de que no quería y entré en la tienda a pedir mi hotdogito. Me estaba comiendo el hotdog cuando un cuate que había entrado antes que yo, se volteó de su mesa y me regaló una pepsi sin destapar, ya no me la voy a tomar, buen provecho, me dijo. Se la recibí algo extrañado, pero la abrí porque ya me había terminado mi coca, me tomé la mitad, me acabé el hotdog y salí. Al arrancar el carro, el viejito se acercó nuevamente y me ofreció otra vez las flores. Cuando lo ví pensé, “algún día de repente, quién quita, voy a estar como este viejito, con parkinson leve y vendiendo flores para sostenerme”, y acepté, busqué el dinero y le pagué. Cuando le dí el vuelto y se fue, me quedé pensando en cómo ese cliente de lentes al que le acababa de vender las flores me recordaba a mí cuando era joven. Ahora voy a comprarme un hotdogito, que las tripas están protestando.


Relatos populares


La venganza

Ester fue despedida por un error suyo en las cuentas que manejaba, error que despertó la desconfianza de su jefe y del dueño de la empresa. Ella sabía que era perfectamente comprensible porque su atenuante era demasiado inverosímil, aunque no por ello mentira. Su jefe la citó en su oficina y le explicó los motivos y hasta fue cortés y amable con ella, pero de todos modos no podía sentirse bien, quién puede en estos casos. Conteniendo las lágrimas salió de la oficina del jefe, arregló sus cosas delante de sus compañeros de trabajo y salió de la empresa. La tarde preciosa que la esperaba afuera le sirvió de consuelo, mientras en el camino a casa, en la misma camioneta 72 de todos los días, pensaba en quién diablos la iba a contratar ahora, la situación en Guatemala está jodida. Como siempre ha estado y estará.

Una tarde en el parque

En la banca del parque de la colonia está sentada una pareja de esposos que mira jugar en los columpios a sus dos hijos. Es una tarde agradable. Están sentados a la par y en silencio. No se tocan. Los dos tienen una expresión satisfecha en el rostro. El marido hace una pregunta.

Los resucitados

Mi tío Luis, el sepulturero del pueblo, fue el primero que se dio cuenta de que la gente estaba resucitando. Temprano del día, de madrugada todavía, escuchó golpes en una de las tumbas de uno de los mausoleos más grandes del cementerio. Pensó que era un animal atrapado, pero luego escuchó la voz de una mujer. Sin pensarlo ni asustarse usó el pico, rompió la lápida y la pared del mausoleo, sacó la caja y liberó a la primera resucitada.