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Morado


Muy temprano por las mañanas, se levanta la morenita de la esquina. Se asoma a la ventana y mira a la casa de enfrente, donde está su príncipe azul, a ver si ya se levantó y si está tomando el desayuno con periódico, como acostumbra.
Siempre está lista para cuando él va a salir, pero no todas las veces sale al mismo tiempo para no darse color. Si salen al mismo tiempo, ella finge no verlo, sólo se acomoda los lentes y mira al suelo aparentando pensar en algo importante. El sólo la mira y piensa esta chava qué onda qué rollo y ambos caminan hacia su lugar de trabajo, en dirección contraria.

Ella no encuentra la manera de decirle, de abordarlo, de gritarle que está loca por él. Planea durante semanas la forma en que se lo va a decir, ensaya frente al espejo, habla con la Virgen de Fátima y le cuenta, pero cuando llega la hora y lo ve, le ataca una náusea maldita y le falta la respiración y empieza a sudar y se pone estúpidamente roja.

Un día de tantos, no lo ve desayunar. Debe estar enfermo, piensa. Se angustia a muerte cuando sale y ve al carro funerario arrancar frente a su casa, y corre detrás como poseída, con el corazón explotando en sus oídos, lo alcanza y lo hace detenerse. Y lo ve allí, a través de la ventanilla, con su rostro lloroso. Se acerca y él le cuenta que ha muerto su mamá, y ella al abrazarlo sin querer le da un cabezazo que le deja el ojo morado.




Relatos populares


La venganza

Ester fue despedida por un error suyo en las cuentas que manejaba, error que despertó la desconfianza de su jefe y del dueño de la empresa. Ella sabía que era perfectamente comprensible porque su atenuante era demasiado inverosímil, aunque no por ello mentira. Su jefe la citó en su oficina y le explicó los motivos y hasta fue cortés y amable con ella, pero de todos modos no podía sentirse bien, quién puede en estos casos. Conteniendo las lágrimas salió de la oficina del jefe, arregló sus cosas delante de sus compañeros de trabajo y salió de la empresa. La tarde preciosa que la esperaba afuera le sirvió de consuelo, mientras en el camino a casa, en la misma camioneta 72 de todos los días, pensaba en quién diablos la iba a contratar ahora, la situación en Guatemala está jodida. Como siempre ha estado y estará.

Una tarde en el parque

En la banca del parque de la colonia está sentada una pareja de esposos que mira jugar en los columpios a sus dos hijos. Es una tarde agradable. Están sentados a la par y en silencio. No se tocan. Los dos tienen una expresión satisfecha en el rostro. El marido hace una pregunta.

Los resucitados

Mi tío Luis, el sepulturero del pueblo, fue el primero que se dio cuenta de que la gente estaba resucitando. Temprano del día, de madrugada todavía, escuchó golpes en una de las tumbas de uno de los mausoleos más grandes del cementerio. Pensó que era un animal atrapado, pero luego escuchó la voz de una mujer. Sin pensarlo ni asustarse usó el pico, rompió la lápida y la pared del mausoleo, sacó la caja y liberó a la primera resucitada.