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Otro avión que no se cae


De pequeño tenía la certeza de que moriría en un desastre aéreo o como víctima de fuerzas ocultas que tratarían de callar mi lucha por los más débiles. Pero como nunca he luchado por los más débiles, estoy seguro de que moriré en un accidente aéreo de proporciones mediáticas. Con esa idea tomé el avión que me llevaría desde México a Madrid, idea que corría el peligro de volverse realidad cuando el capitán del avión anunció que el vuelo se retrasaría por un “pequeño inconveniente” con el sistema de frenos.
Al pequeño inconveniente tuve oportunidad de verlo por la ventanilla: unas paletas del ala derecha no se movían. Entonces pensé, teniendo a la muerte rondándome, debería reflexionar sobre el sentido de la vida, debería recordar todos los buenos momentos vividos. Dediqué un par de minutos a tal menester y me puse a dormir un poco. Luego de dos horas el capitán anunció que ya estaba resuelto el clavo y que en ese momento arrancaría el vuelo. Empieza la cuenta regresiva, pensé.

Empecé a pensar en cómo debería ser mi actitud cuando anunciaran que el avión se iba a estrellar contra el mar. Creo que es cuestión de tener una actitud digna, una resignación serena y algunas lágrimas para demostrar que somos humanos y que nos duele decir adiós a la Tierra. Como en cualquier desastre aéreo -—seguía pensando-—, seguro surje más de alguna vieja histérica que se ponga en shock. Debido a mi preparación psicológica para el momento, mi deber sería darle un par de cachetadas y decirle que debería estar agradecida con la vida porque ya había vivido bastante, que mejor mirara cómo ese niño de la derecha va tan sereno y ella tan grandota con histeria. Con este gesto muy probablemente llamaría la atención de la rubia chichuda que estaba dos asientos adelante del mío, que me sonreiría pensando “este cuate sí que tiene una actitud digna y resignación serena”, y yo me acercaría y le diría en inglés que si salíamos de esta que la invitaba a un café y ella diría que sí en español, porque estaría segura que nos moriríamos.

Luego medité sobre sobre la pregunta existencial clásica: ¿para qué estamos en este mundo? y después de algunos minutos de seria reflexión sin encontrar respuesta, me dormí. De todos modos de estrellarse el avión, la caída libre del aparato y los gritos de los pasajeros me despertarían. Y cuando desperté, todavía estaba allí. Si uno espera mucho la muerte, la cosa es aburrida, pensé.




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