La invitación

Margarita trabajaba en una tienda de ropa en un comercial concurrido. Su sonrisa, juventud, belleza y actitud hacían que llegara a sus metas de venta. No ganaba bien, apenas le alcanzaba para pagar su cuarto en una casa de huéspedes.

De vez en cuando se compraba una blusa, falda o pantalón porque eran muy bonitos y no podía resistirse, aunque después no tuviera dinero para comer. Recién cumplidos los veinte, verse bonita al espejo la ayudaba a pasar los días, sobretodo cuando las clientas resultaban especialmente difíciles. Una no sabe lo que quiere, otra insulta porque no puede devolver una prenda que a todas luces está sucia. A veces hay que repetir tres o cuatro veces la explicación porque el cliente solo presta atención si se dice lo que él quiere escuchar.

En el mismo comercial trabajaba Andrés, un vendedor de una tienda de electrodomésticos. Era un tipo agradable, bajo y gordo. Vendía bien porque sabía leer a los clientes. Andrés estaba enamorado de Margarita. Maggie, le decía, ¿cuándo saldrás a comer conmigo?

Maggie no respondía, o respondía con evasivas. A ella no le gustaba Andrés; era divertido y amable, pero no era su tipo. Por eso le daba un poco de pena decirle que no.

Por el transporte no hay pena, decía Andrés, vamos en mi moto y te voy a dejar a casa. Hay un restaurante de churrascos que está de lo mejor. No sabés lo que te perdés, Maggie.

Maggie seguía enamorada de su anterior novio, quien se había ido a Estados Unidos a trabajar. Soñaba con que él la llamaba y se la llevaba y aprendía inglés y vivían en una casa grande y tenían hijos y eran felices. Una tarde de noviembre ella lo fue a dejar al aeropuerto, porque él había conseguido visa de turista, y se despidieron entre lágrimas el juró regresar. Ya había pasado un año desde su partida y Maggie nunca había recibido ni un mensaje o llamada. Nunca respondió los mensajes que le enviaba por Facebook.

Andrés insistía sin ser impertinente. Maggie no cedía, en realidad no le interesaba. Pero un día la encontró con la guardia baja y ella aceptó el churrasco si iban en su día libre. Al fin y al cabo comer rico no era malo. Andrés tuvo que hacer esfuerzos para no brincar de la alegría.

Maggie se arregló, no para Andrés, sino para sentirse bonita. El espejo le devolvía toda la belleza y juventud y hasta parecía contento de verla así. Una blusa azul de tirantes una falda larga, un pantalón de lona y unos  zapatos que solo había usado una vez. El maquillaje cuidado ayudada por un tutorial de Youtube rodeado de unos rizos hechos con plancha de pelo. Maggie estaba linda.

En efecto, la carne del lugar a donde fueron estaba muy rica. Maggie no recordaba haber comido algo tan bueno y se lo comentó a Andrés, quien pensaba equivocadamente que ella se había arreglado para él. Un rayo de esperanza pasó por su corazón cuando la vio llegar.

Hubo risas, bromas, se la pasaron bien. Por momentos a Maggie le daba un poco de pena verlo tan enamorado. Por más que le bajara la luna, ella nunca se iba a enamorar de él.

Al despedirse, en la puerta de la entrada de la casa, Maggie quiso ser clara con él. A ella no le interesaba él como novio. Le parecía un sujeto agradable pero no quería nada con él. Si insistía, ella se vería en la necesidad de dejarle de hablar para siempre.

Derrotado, Andrés se fue cabizbajo. Al menos lo había intentado, se dijo para sí.

Maggie se puso a ver películas románticas y se quedó dormida. Soñó que su ex novio le enviaba un mensaje por Whatsapp. Él le enviaría el dinero para conseguir la visa y para el pasaje. En un mensaje de voz, él le decía que nunca la había olvidado. Ella se emocionó y se preocupó por él. El sonido de un camión pasando por la calle la despertó. Revisó su celular pero no había mensajes de nadie porque no tenía saldo de internet.

Lloró durante una hora, después se durmió y al día siguiente se arregló y fue al trabajo dispuesta a vender más que cualquier otro día, deseando que llegaran muchas clientas para no pensar en nada y alejar un poco a la tristeza.