Andrés tenía siete años cuando lo escuché decir que lo primero que iba a hacer cuando fuera grande era viajar por el mundo. Él era mi hermano mayor. Veía documentales y leía mucho sobre otros lugares y me contaba los paisajes y los animales exóticos de países de todos los continentes. Quería conocer todos los países. Yo pensaba que era genial.
Era dos años mayor que yo. Siempre lo admiré pero no compartía el entusiasmo aventurero que él tenía. De niño le gustaba salir y caminar cada vez más lejos de la casa y algunas veces me pedía que lo acompañara, pero muy pocas veces fui. Cuando nos compraron bicicletas el aprovechó para extender sus incursiones a lugares más lejanos. Varias veces regresó con las rodillas y codos raspados, porque se había caído. Eso sí, era muy cuidadoso con el tráfico vehicular.
Aprendió solo las rutas de los buses y como estábamos en la época antes del internet en celulares, compraba mapas de la ciudad y quería conocer todas las zonas. Mi papá tuvo que intervenir para prohibirle ir a las zonas rojas, que le señaló en los mapas que conseguía.
Mi mamá solía regañarlo porque pasaba mucho tiempo en la calle, hasta que le tuvieron que prohibir que saliera de casa de lunes a jueves, porque tenía tarea que hacer. Cuando en el colegio había excursiones él se encargaba de conseguir toda la información posible de a dónde íbamos a ir. Aprendió también solo a hablar kaqchikel y quiché, aunque de una forma muy básica.
Ya en la adolescencia aprendió a hablar inglés y portugués. No sé cómo le daba tiempo a todo, porque siempre andaba en la calle. Mi papá tuvo que ir a traerlo varias veces a colonias algo retiradas de la nuestra, porque simplemente había ido a visitar a un amigo. Hacía amigos fácilmente, le daba plática a la gente y la hacía hablar. A la gente solo le tenés que preguntar qué le gusta y dejarlos hablar, me decía.
Después le dio por el senderismo y el surf, aunque creo que más por ir a lugares distintos que por practicar los deportes en sí. Estaba desesperado por llegar a la mayoría de edad para ir a conocer todo el mundo.
Se consiguió una beca para ir a estudiar el bachillerato en Argentina. Todo pagado, no sé cómo le hizo. A mi mamá no le gustó nada. Mi papá se preocupó de validar la beca, que fuera real y además de leer la letra pequeña. Mis papás llegaron a la conclusión de que debían dejarlo ir porque si no se iba a escapar de alguna forma. La despedida en el aeropuerto fue muy triste para mi mamá. Creo que lloraba porque pensaba que no lo iba a volver a ver. Mamá le entregó una cadena con un dije de la letra A, por su nombre. De ahí en adelante siempre la llevó puesta.
De Argentina mi hermano enviaba postales y cartas. A veces llamaba. A mí solía enviarme cartas escritas a mano, contándome cómo las muchachas allá eran muya guapas. Se enamoró perdidamente dos o tres veces antes de terminar el bachillerato. Fuimos con mis papás a su graduación.
Al cumplir los dieciocho de inmediato sacó su documento de identidad y su pasaporte y además tramitó varias visas. También consiguió su primer trabajo. Les dijo a mis papás que no iba a estudiar en la universidad al menos por un año. El trabajo lo consiguió para hacerse de dinero y después salir a viajar de mochilero. Después de trabajar durante seis meses, salió para el sur. Se fue por tierra desde Guatemala a Panamá en viaje continuo.
Su itinerario era conocer todos los países que hablaban español. Cuando llegó a Colombia me escribió que sentía un dolor raro en la espalda baja y que a veces se le hinchaban los pies, aunque en la siguiente llamada que hizo dijo que ya se le había pasado. En Venezuela tuvo algunos problemas debido a que en su pasaporte uno de sus nombres no tenía una tilde. Lo retuvieron en la frontera durante dos días. Los amigos que había hecho en Colombia lo ayudaron.
A su paso en Perú, Ecuador y Bolivia se enamoró de la música andina. Me enviaba videos de la música que escuchaba y aprendió a tocar zampoña. Me decía que yo debía aprender a tocar guitarra para acompañarlo cuando regresara. Cuando finalmente llegó a Chile nos dijo que pensaba regresar a Argentina y empezar la universidad allá. Se reencontró con los amigos con quienes hizo el bachillerato.
Sus cartas comenzaron a escasear y ya no parecía tan entusiasta. En una de las llamadas le dije que me dijera qué estaba pasando. Me confesó que se sentía enfermo y que había consultado con médicos en Argentina y que estaba mal de los riñones. Pensaba trabajar en Argentina y costearse así su tratamiento.
Se quedó en Argentina finalmente, estudiando en la universidad. Vino al año y medio de visita, pero ya lo vimos muy enfermo. La enfermedad de los riñones había avanzado mucho. Estaba flaco, con anemia y con poca energía. Una sombra de lo que había sido antes. Regresó a Argentina, pese a nuestros ruegos para que se quedara.
Cuando cumplí los dieciocho al día siguiente tramité mi documento de identidad y después mi pasaporte. Viajé a Argentina. Le dije a Andrés que solo estaba de visita porque yo también quería conocer. Se alegró mucho de verme. Conocí a su novia y a su grupo de amigos. Todos me trataron bien. Ya había empezado a recibir diálisis por lo avanzado de su enfermedad. No quise pedirle que regresara, solo quería conocer esa otra parte de su vida.
Hicimos algunos viajes dentro de Argentina, conocí lugares bonitos. Andrés siempre tenía algún chiste o alguna anécdota del lugar. También sabía datos históricos. Era genial andar con él.
Una de las veces que salimos de paseo regresó a casa muy adolorido, tanto, que hubo que llevarlo al hospital. En el hospital lo estabilizaron, pero advirtieron que su enfermedad estaba muy avanzada. A su regreso del hospital hablamos por mucho tiempo. Recordamos los tiempos de la niñez, de sus primeros viajes, de las veces que papá lo había ido a traer a una colonia lejana. Nos reímos mucho, pero también noté tristeza en su semblante. En un momento en que se quedó callado, le dije, hermano, ya es tiempo de volver a casa. No respondió, solo asintió con la cabeza.
Una semana después emprendimos el regreso a Guatemala. Se hizo una fiesta con familia y amigos. Andrés estaba muy contento. Después de la fiesta me dio su cadena con la letra A, para que me quede de recuerdo, me dijo.
Meses después su enfermedad se agravó y finalmente se fue de este mundo. Le quedaron muchos países por conocer. Se fue muy joven. Durante un tiempo estuve muy enojado con el destino por habérselo llevado tan pronto. A veces, cuando salgo de viaje, uso su cadena para que viaje conmigo.
