Carlos nunca tuvo gran ambición y además estaba en contra de trabajar para comer. Está bien trabajar para aportar a la sociedad, decía, pero ¿por qué debíamos matarnos a trabajar solo por comer? La comida debería ser un derecho, no era posible que hubiera gente que se muere de hambre porque no tiene para comprar comida. En esa línea, pensaba que pagar por vivir en un lugar también era ilógico.
Recuerdo que una vez que me mudé de casa fue a ayudarme sin pedírselo, solo llegó el día de la mudanza y cuando le quise dar algo de dinero lo rechazó. Compré una pizza que sí aceptó. Te debo una, le dije, y él solo levantó el pulgar derecho. También siempre estaba dispuesto a ayudar a otros amigos en múltiples cosas, por lo cual era apreciado.
Tenía habilidades sociales, sabía cómo hacer hablar a la gente para sacar información. Se fue de la casa de sus padres al nomás cumplir la mayoría de edad. Consiguió un apartamento en un lugar céntrico de la ciudad, por el que no pagaba nada. Lo que hizo para conseguir el lugar fue estudiar por un par de meses los alrededores, copió la forma de vestirse del vecindario y en una de esas, entró a un apartamento que estaba desocupado. Algunas veces fui a una parranda a ese lugar. Pocos sabíamos que no pagaba nada, que solo había entrado y tomado el lugar.
Seis meses después salió de ahí en silencio. Después supe que los vecinos habían empezado a sospechar que él no estaba alquilando y no era el dueño del apartamento. Se mudó a otro lugar también céntrico, esta vez una casa con jardín y todo. El dueño se enteró de que había alguien en su propiedad, pero cuando fue a su casa a confrontarlo resulta que se llevaron bien y lo dejó estar en la casa para que no estuviera deshabitada.
Cuando Carlos se aburría de un lugar simplemente buscaba otro para vivir. Algunas veces encontró casas vacías y contactaba al dueño, pero otras veces simplemente entraba y tomaba el lugar. No tenía mucho equipaje, algunas mudadas de ropa y dos pares de zapatos. Eso sí, vestía bien. A veces solo encontraba lugares para hacer una fiesta, la armaba un día, invitaba a todo el mundo y luego abandonaba el lugar. Que yo haya sabido, nunca lo desalojaron de ningún lugar.
Un día de tantos se desapareció. En los chats grupales en donde se le conocía nadie sabía nada de él. Pasaron varios meses y nadie sabía en dónde estaba. Pagando un alquiler seguro no estaba, concluimos todos. En la casa donde había sido visto por última vez ya estaba alquilada y el dueño y los nuevos inquilinos no sabían nada tampoco.
Yo me preocupé en serio y pensaba lo peor. Fui a hablar con sus papás y su hermano, pero ellos tampoco sabían nada. Pusieron una denuncia por persona desaparecida. Una vez alguien dijo verlo por la avenida Reforma, yo avisé a los papás y fui con ellos a buscarlo, pero no lo encontramos y cuando mostrábamos su fotografía a personas de los alrededores, nadie había visto nada.
Yo di por perdido a mi amigo. Si se había muerto, pues ya estaba. Y si se había escondido, en algún momento saldría de nuevo. Dejé de buscarlo, eso era tarea de su familia. Pasaron tres años.
Apareció un viernes en la puerta de mi casa. Me dijo que necesitaba ayuda. ¿Cómo te desaparecés por tres años y volvés como si nada, Carlos?, le dije, casi gritando. No hay tiempo para hablar, te explico en el camino, replicó. Vengo a cobrar la que me debés. En el carro en donde nus fuimos también estaba Carol, su novia, una muchacha guapa, sin pretenciones.
Lo que había estado haciendo es ayudar a gente sin casa a encontrar lugares en donde podría quedarse temporalmente, algunas veces con permiso de los dueños, otras veces a escondidas. No era ingenuo, estudiaba a las personas a las que ayudaba, y generalmente habían tenido una dificultad económica por accidente o enfermedad. Tampoco habían sido muchas personas, según contaba.
Para lo que necesitaba ayuda era para organizar una fiesta de cumpleaños para una niña de 9 años que acababa de perder a su padre por un accidente en moto. El difunto había sido uno de sus amigos que lo ayudaba en esta tarea de ayudar a la gente a encontrar dónde vivir dignamente. Fuimos a conseguir una piñata y un pastel. Y yo era el encargado de dirigir a los niños en la piñata, dar comida y repartir dulces. La viuda estaba pasando por una depresión fuerte y no atinaba a hacer nada. Cuando llegamos solo sonrió con sus ojos entristecidos. Carol se acercó a darle un abrazo prolongado a la viuda.
La casa del cumpleaños quedaba a diez minutos de la mía. Había unos 20 niños que gritaban como el doble. La niña del cumpleaños sonrió grande al ver la piñata de Stitch, su personaje favorito. El Güicho hubiera querido que su hija estuviera feliz en su cumpleaños, y eso es lo yo que quería hacer, me dijo Carlos. Y de paso, cobrar la que me debías, acotó. Carol lo miraba con una admiración y entrega total mientras Carlos me contaba todo.
Yo la verdad nunca entendí esa su manera de apostolado social. En cuanto a cómo se sostenía, me explicó vagamente que había hecho negocios de comercio y que le había ido bien. No explicó por qué se había desaparecido.
A partir de esa vez que nos reencontramos me buscó en varias ocasiones para ayudar en tareas como limpieza, mudanza y recolección de víveres para ayudar. Siempre a gente con penas, siempre todos ellos se portaron bien con nosotros.
Pasaron algunos años más y lo dejé de ver por seis meses. Una vez me lo encontré en un supermercado se miraba muy delgado y me dijo que había tenido mala suerte y había pescado un cáncer fulminante. Iba solo, Carol se había quedado en casa. Si es una broma, no es de buen gusto, le dije. Él dijo que era totalmente verdad, y que no esperaba que le quedara mucho tiempo.
Tres meses después, murió. Nunca he visto un funeral y un entierro con más gente.

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