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A propósito de películas y cuentos de terror


En literatura existen dos temas principales: el amor y la muerte. La muerte, ese destino final al que tememos -o a veces deseamos- nos hace imaginar escenarios de nuestro propio fin. En general casi todo mundo desea morir de una muerte natural, una noche irse a dormir y al otro día nunca despertar. Morir sin darse cuenta.

Pero hay muchas formas de morir. De esas tantas formas de morir, o de padecer sufrimientos que nos hagan desear la muerte, están llenas las historias de terror. Es una forma de enfrentarnos a lo que pudiera ser nuestra propia muerte y quedarnos aliviados de que sea solo una historia de terror, no la nuestra.

Como muchos otros yo mismo he experimentado escribiendo mis propios cuentos y relatos de terror

Me acerqué a las historias de terror por medio de la televisión. En las películas de terror clásicas siempre hay una persona o un ente lleno de maldad que persigue a niños o a jóvenes para asesinarlos de una manera cruel. Muy reconocidos son esos villanos como Jason o Freddy Krueger que parecen ser indestructibles y que persiguen a sus víctimas sin que ellas puedan hacer mucho para frenarlos, hasta que algún protagonista descubre una debilidad o una forma ingeniosa para neutralizarlos o matarlos para que revivan a la siguiente película y sigan persiguiendo víctimas.

A veces el villano no es una persona o un ente fantástico como el payaso de It, sino un monstruo, un animal asesino como en Tiburón. Hay muchas formas de concebir al villano.

En esas películas está claramente diferenciado el bien del mal. El villano encarna el mal en todo su esplendor y las víctimas son personas buenas cuyo único pecado es estar en el camino del villano. A veces logran derrotarlo con simplemente con controlar sus miedos o mediante la bondad. 

El asunto es que el villano en esas películas no es como nosotros, es un ser maligno con eme mayúscula. Su malignidad puede provenir del deseo de venganza o simplemente nació malo y su misión en la vida es ser malo y matar a los buenos.

Por esa razón esa clase de películas nunca me causó gran terror después de pasada la niñez. A veces hasta me causaban un poco de risa. Es probable que la causa sea que nunca tuve temores de monstruos debajo de la cama.


Los villanos sofisticados

Existen otras clases de películas como la saga Saw, en el que el villano es un psicópata torturador. Esta clase de villanos parecen tener todo el tiempo y el dinero del mundo como para confabular enredadas torturas. Cuando vi Saw lo que me preguntaba era cómo podían todas esas máquinas de tortura ser tan exactas, nunca fallan y el villano nunca tiene que tener un plan B porque las máquinas son exactas.

Aunque este tipo de villanos ya son encarnados por personajes más humanos y que incluso tienen a veces carisma para atraer a la víctima. Pero están también fuera de la realidad. ¿Cuántas personas pueden combinar conocimientos de mecánica, química y física junto a una maldad sin límites y recursos abundantes? 

Claro, dirá el lector, son películas, no historias reales. 


Poe y el terror de ser uno mismo

En la adolescencia descubrí a Edgar Allan Poe, el gran cuentista del terror. Cuando leí El gato negro, pensé que ese era el verdadero terror. Que el villano puedes ser tú mismo, en cualquier momento, en las circunstancias adecuadas. En El gato negro, Poe relata cómo un hombre asesina a su mujer y al gato negro. Esa es una historia que bien puede ser real y solo basta una revisión a la nota roja de los periódicos. El cuento narrado en primera persona te está diciendo que puedes ser tú mismo el villano, que no hay necesidad de un ente fantástico que persiga a los buenos.

Haber conocido el terror de Hollywood y después el de Poe fue un momento decisivo. Fue como si el buen Edgar me dijera, mira José, no hay necesidad de una historia fantástica con un ser muy muy malo para que un relato sea de terror. La maldad puede provenir del vecino de al lado, o incluso si te descuidas puedes ser tú mismo.


El experimento de Milgram y la maldad por obediencia

En 1961 Stanley Milgram, psicólogo de la universidad de Yale diseñó un experimento para demostrar que cualquier persona podría ser un torturador en potencia. El experimento era sencillo, había un aparato que castigaba con descargas de electricidad si una persona respondía incorrectamente a una pregunta. El "maestro" era reclutado para el experimento y tenía que despachar las descargas según las respuestas. Estas se iban incrementando a medida que el cuestionario avanzaba.

La persona que respondía las preguntas era un actor reclutado para simular el dolor de las descargas.

En el experimento dos de cada tres maestros aplicaba la última descarga de 450 voltios, que provocaba convulsiones en el alumno. Aunque todos  cuestionaron el experimento, todos llegaron a la descarga de 300 voltios.

El experimento generó muchas críticas pero demostró que cualquier persona puede convertirse en un torturador en las circunstancias adecuadas. 


El villano que tienes adentro

Poe y Milgram me demostraron que el villano, ese ser de maldad que aparece en las películas, podría ser yo. La primera reacción puede ser rechazar de plano la idea, porque te han educado para ser una persona de bien y un individuo útil a la sociedad. Bueno, tal vez es que no has sido el malo de la película porque no se han dado las circunstancias adecuadas.

Los asesinos en serie que a cada tanto surgen muchas veces son tipos agradables y carismáticos y que utilizan esa máscara para ocultar sus crímenes o para atraer víctimas. Los abusadores domésticos también usan esa máscara ante los demás para que nadie le crea a las víctimas. 

De niño a veces las películas de terror no me dejaban dormir. Pero a lo que siempre le tuve miedo fue a que en medio de la noche un ladrón entrara en mi casa y no solo se llevara mis cosas, sino que me atacara. Siempre pensé que era un miedo más real, porque al fin y al cabo las películas solo son películas. Pero la maldad es humana y preferiría que no me tocara sufrirla. Que cuando me toque partir de este mundo sea porque me fui a dormir y ya no desperté al día siguiente.