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Relatos, historias, cuentos - Jóvenes

La playa

Un día decidimos con el Tavo y la Ana que no íbamos a recibir clases. El Tavo consiguió un carro que le prestó un su tío. Todavía recibíamos clases por Zoom por la pandemia pero nos inventamos un trabajo de campo y nuestros papás, aburridos de tenernos en casa todo el día, todos los días, no dijeron nada. Salimos muy temprano al puerto para evitar el tráfico. Hacía un poco de frío por la mañana, pero el amanecer estuvo muy bonito. Nubes encendidas en anaranjado y música house en una bocina bluetooth nos hicieron sentir bien. Supongo que hay un especial placer en no hacer lo que supuestamente debés hacer por obligación. No se siente igual que salir en fin de semana. Es más liberador. En la primera gasolinera hubo el primer problema. El carro era un Datsun viejito, chiquito, pero jalador. Ahí nos dimos cuenta de que el radiador tenía una fuga. Alguien nos dio un tipo de pegamento para remendarlo, esperamos una media hora y salimos de nuevo. La Ana decía a veces que estaba enamorada de lo

La clase virtual

Esto de las clases por videollamada es lo peor. Uno se levanta, enciende la computadora y tiene que encender el video para que lo miren los maestros. El de sociales es algo divertido pero hay días en que no prepara su clase y se hace tan aburrido como el de mate. Señor ese para ser aburrido, casi siempre me duermo en su clase y ni se da cuenta porque no pide que encendamos el video. Para los exámenes pido que me pasen anotaciones por el grupo de whatsapp y algo que me explica mi papá, aunque no me tiene paciencia porque no se me queda todo. Extraño jugar fútbol en los recreos, las bromas en la clase y ver a Susana. 

Los gigantes

De niño mis hermanos me parecían gigantes a los que nunca iba a alcanzar. Tenía cuatro años cuando los veía enormes y capaces de grandes hazañas como patear pelotas bien duro. Yo fui el último de tres hijos y me tocó ser un poco el consentido.

El viento en el rostro

Acostado en su cama, Roberto parece hipnotizado frente a la pantalla del celular. Es un domingo de primavera con clima agradable. Por la puerta de su cuarto se asoma Camilo, su hermano pequeño de seis años. ¡Vamos al parque! le dice entusiasmado. Roberto no se inmuta, está viendo un video.

La huida

Elvira tuvo la mala suerte de nacer en una colonia dominada por la pandilla del Barrio 18. Se hizo amiga de pandilleros para no tener problemas, pero nunca dejó de estudiar. No participaba en las actividades de la pandilla, pero era considerada como parte. Obtenía buenas notas en la escuela y no causaba problemas en casa. Sin embargo, cuando tenía 16 años, se enamoró de un muchacho de una pandilla contraria.

El club de los suicidas

Así decidieron ponerle a su banda de rock unos adolescentes que ensayaban cerca de mi casa, en casa del baterista. Yo era amigo de su tío Manuel, quien vivía allí, y a veces miraba partidos de fútbol y tomábamos cerveza en su casa. Carlos se llamaba el muchacho baterista. Se preocuparon, por insistencia de mi amigo, de aislar un poco el ruido para no espantar a los vecinos. Tocaban death metal, así que la advertencia tenía sentido. El nombre de la banda me pareció al principio un juego adolescente.

Pajarillo verde

Todo iba bien en el viaje a Pana hasta que se murió el Carlos. Se quedó dormido en el carro boca arriba y por el exceso de mota y de cerveza se ahogó en su propio vómito. Fue la primera vez que la muerte me tocó tan de cerca y por estas fechas, cuando comienza a llover, me acuerdo y me pongo triste. Nunca se me va a olvidar el viaje de madrugada de regreso con el Carlos, o su cuerpo quiero decir, a la par mía y cómo, todavía borrachos, bromeábamos como si estuviera vivo.

El coro navideño

Cuando estaba en tercer año de secundaria entré a formar parte del coro del colegio, no porque me interesara tanto el arte sino para no volver a casa temprano por las tardes. Como era un colegio bilingüe, para fin de año había siempre una presentación especial con villancicos navideños en inglés. En el coro estaba Alicia, una muchacha bonita que era genial para cantar y de quien aprendí a entender y a disfrutar la música y la vida.

El viejo del barranco

Todos los viernes a las cinco de la tarde nos íbamos al barranco con el Carlos y el Chejo. Vivíamos en la misma colonia e íbamos al mismo colegio, a pocas cuadras de nuestras casas. Nos juntábamos en la casa del Chejo y bajábamos hasta la casa del viejo, que nos esperaba sentado en su mecedora fumando un cigarrillo mentolado. Sonreía al vernos llegar, con los dientes amarillos que tenía. Se acariciaba la barba blanca y nos daba la bienvenida mientras se seguía meciendo. Le llevábamos la comida que nos pedía: a veces fruta, a veces pan, otras veces pollo o carne. Mientras observaba lo que habíamos llevado, nos decía, siempre, que si estábamos listos para volar.