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Los gigantes

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De niño mis hermanos me parecían gigantes a los que nunca iba a alcanzar. Tenía cuatro años cuando los veía enormes y capaces de grandes hazañas como patear pelotas bien duro. Yo fui el último de tres hijos y me tocó ser un poco el consentido.

Luis, mi hermano mayor, era el que jugaba más conmigo, me subía a sus hombros o se ponía a jugar pelota conmigo. Andrés, mi hermano de en medio, estaba más ocupado en el internet o viendo tele. Igual también era cariñoso conmigo.

La vez que más los asusté fue cuando me caí de la bicicleta y me quedé desmayado en la calle. Habíamos salido sin permiso y ellos se adelantaron un poco y yo quería alcanzarlos pero la llanta delantera topó en una piedra y volé hasta caer en el asfalto. No recuerdo cómo me llevaron a casa, solo recuerdo despertando con mamá y Luis mirándome muy preocupados.

Cuando fui creciendo mis hermanos ya no me parecían tan gigantes, pero una diferencia de 10 y 12 años sigue siendo diferencia. A Luis lo admiraba porque jugaba bien al fútbol y casi llegó a ser profesional. A Andrés porque era siempre de los primeros de su clase sin matarse mucho estudiando. Con el tiempo sus ocupaciones los alejaron un poco de mí. Nunca me dejaron de decir Miguelito, aunque pasaran los años, ni de hablarme de vez en cuando para saber qué estaba haciendo y cómo estaba.

Andrés fue el primero en irse de la casa cuando tenía 23. Se casó enloquecidamente enamorado de Silvia. Desde la conoció parecía que no había otra persona en el mundo. Miguelito, me dijo un día, si no me caso con ella me muero. A pesar de la locura, se esperaron a casarse para tener un hijo y mi sobrina nació al año de casados. Andrés estaba pálido en el hospital cuando nació su hija y cuando me vio llegar me abrazó muy fuerte. Todo va a salir bien, le dije en automático, y fue la primera vez que yo dije algo para que se sintiera mejor, en lugar de ser al revés.

Luis se casó un par de años después con su novia de secundaria. Estaba también enamorado pero no llegaba a la locura de Andrés. El día que se fue de la casa, con el pickup lleno de sus cosas, se volteó y me dijo, vos vas a ser siempre mi hermanito, ¿ok? Yo estuve algo triste unos días hasta que él llegó a casa una tarde que tenía libre en el trabajo y se puso a jugar a la play conmigo.

Mis dos hermanos, ahora ya casados y con responsabilidades, se me volvieron a hacer otra vez gigantes.

Yo ya estaba estudiando bachillerato cuando papá enfermó. Después de buscar varios doctores uno nos dijo que tenía cáncer de páncreas y que le quedaban seis meses de vida. Fue empeorando rápido y no comía, se pasaba todo el día durmiendo. Cuando se puso grave lo llevamos al hospital y nos turnamos para cuidarlo. Finalmente se fue una tarde de abril.

Nunca había visto a Luis y Andrés llorar. Lloramos un montón durante el entierro. Cuando vas al cementerio se termina, lo dejás ahí y te regresás solo. Así me sentí cuando regresaba. Mis hermanos se encargaron de decirme que no me preocupara que ellos iban a apoyarme para seguir estudiando.

El día que fue la misa de nueve días ellos fueron a casa y mamá se sintió mejor. Fuimos a jugar basquet al parque de la colonia y no sentimos el tiempo hasta que oscureció. Cuando se fueron me sentí solo, pero abracé a mamá y me sentí mejor.

Me gradué de bachiller al año siguiente y me eligieron para decir el discurso de la promoción. Intenté escribir algo corto porque no me gustan los discursos largos y redundantes que hacen dormir a la gente. Dije, frente a toda la gente, que de pequeño miraba gigantes a mis hermanos. Nunca se los había dicho. Que seguían siendo gigantes para mí.

Después de la graduación fuimos al cementerio y después a la casa. Pedimos pizza y Luis sacó una botella de ron. Nos dijo que iba a ser papá. Ese día nos pusimos un poco bolos y terminamos llorando y cantando canciones rancheras hasta que nos llegó a callar el vecino.