Archivo de: Mayo, 2005
We are the champions
Ayer por la tarde se jugó la final de Champions League. Liverpool se enfrentó al Milan, pero como no soy simpatizante de ninguno de los dos equipos no me interesé mucho en el juego. Sucedió que me enteré en la calle cuando iba a una diligencia de trabajo —por medio del radio de un chiclero de la parada de autobús—, que iban a tiempo extra después de empatar tres a tres. En el camino de regreso a la oficina, después de la diligencia de trabajo, me puse a ver los últimos penales de la contienda desde afuera de una librería en donde tenían una tele con el partido y donde a su alrededor también habían otros cuates que deberían estar trabajando. No me importaba quién ganara, yo le iba al ganador. Y entonces ganó el Liverpool —la tierra de Los Beatles, pensé—, y vi de nuevo esa efuria de campeón de los futbolistas al concluir el partido, vi cómo corren desaforadamente a abrazarse, felices y realizados por su éxito; y cómo en los graderíos también su gente celebra con locura. Entonces me regresé a la oficina silbando, sin hacerme preguntas tontuelas de por qué me sentía contento de que ganara el Liverpool.
Adrián no hizo su papel
La semana pasada un huracán maricón llamado Adrián no se atrevió a entrar a Guatemala y una vez más me quedé con las ganas de ser héroe. Ya lo había visualizado: me ofrecía como voluntario a CONRED o a los bomberos y rescataría a niños y ancianos en peligro de ser arrastrados por las correntadas de agua, poniendo mi propia vida en riesgo. A cualquier otro tipo de gente no vale la pena rescatarla (salvo que tenga entre 16 y 25 años, que sea sexo femenino y que esté potable) porque no causa tanto impacto mediático; yo me tenía que especializar en chirices y viejitos. Y entonces vendría la prensa a entrevistarme para saber cómo le hice para rescatar a los niños en peligro, y yo les diría que no me importa arriesgar mi vida para salvar la de los demás, que en Guatemala todos debemos estar unidos, que siento que ayudar a los más débiles es mi obligación, que si tuviera que hacerlo de nuevo, no dudaría en arriesgarme, que siempre confío en la Virgen María y el señor de Esquipulas que me protegen. Y la gente me pararía en la calle cuando me encontrara, las mamás me pondrían de ejemplo ante sus niños, muchas mujeres querrían tener hijos conmigo para que les heredara los genes del heroísmo, el presidente me daría la Orden del Quetzal y me harían un reportaje especial en la revista Selecciones.
Pero el muy hueco del Adrián ni cosquillas nos hizo, arruinándome de manera infame mi merecido camino a la fama y la gloria. Ahora tendré que esperar con paciencia el próximo huracán o terremoto, que ojalá tenga lugar en un plazo prudencial, porque se está pasando el tiempo y todavía no soy una celebridad.
El indolente
Iba cruzando la plaza central de la Ciudad de Guatemala cuando vi al niñito de unos tres años corriendo atrás de las palomas que suelen visitar la plaza. Se divertía a carcajadas viendo cómo le huían. De repente, una de las palomas que ahuyentaba el güiro voló de regreso en contra de la vía de sus compañeras, y fue a picotear en la cabeza al niño, que asustado, respondió llorando. Luego vino otra paloma envalentonada por el ejemplo de su compañera y también picoteó al niño. Al rato ya eran cuatro animales picoteando al infante, cual aves de rapiña. El patojo cayó al suelo derrotado por las aves enfurecidas, que después de unos segundos ya sumaban la docena. Alrededor del espectáculo nos formamos varios transeúntes curiosos, inmóviles y estupefactos. Las palomas lo hirieron por todos lados, y fueron llegando más, en la misma proporción que crecía el número de curiosos que veíamos el linchamiento palomar hacia el niño. Cuando dejó de respirar, las palomas desaparecieron.
Unos limpiabotas se acercaron para comprobar la muerte. Cerraron los ojos del niño y anunciaron que estaba muerto. Las mujeres se pusieron a llorar, los hombres miraban al suelo con los brazos cruzados. La policía y los bomberos fueron avisados y con ellos vinieron los reporteros, esa gente que se codea una con otra para estar más cerca o tomar la mejor fotografía. A uno de ellos le respondí que había llegado ya cuando había terminado el ataque de las palomas, que no sabía nada.
