La foto rota

Por José Joaquín López

Hace un año, caminando a pocas cuadras de mi casa, encontré unos restos de fotografía tirados en el suelo. Alguien había roto las fotos y las había dejado ahí. Soy un poco aficionado a los rompecabezas así que recogí los pedazos y me los traje a casa. Eran fotografías familiares, normales, de alguna reunión. Logré componer casi en su totalidad dos. Una tercera no se completó, pero lo que me asustó fue verme en ella, con gente que no conocía, con una mirada triste.

En la foto no había ningún familiar o amigo, ni había ningún vecino, ni la casa me parecía conocida. Pero era yo, inconfundiblemente. Salía con los lentes que uso, mi lunar del lado izquierdo bajo la boca ahí estaba y usaba mi playera de los Beatles. Estaba a la par de una mujer que me pareció guapa, a quien abrazaba. Era yo. ¿Pero qué estaba haciendo ahí con gente desconocida?

Por las noches solía hablar por teléfono con mi papá de la situación política del momento. De las declaraciones irresponsables de los funcionarios de gobierno, de los escándalos de corrupción, de los sucesos mundiales del día. Ese día le comenté sobre la foto que había encontrado y me dijo que si no recordaba nada, probablemente lo recordaría después.

Escaneé la foto e hice una búsqueda de imágenes en Google, pero no encontré nada. Se me ocurrió que alguien podría haberme agregado con photoshop o algo parecido, pero no parecía que ese fuera el caso. Busqué entre mis contactos de redes sociales, hice memoria de los lugares donde estudié y trabajé, pero no logré recordar o encontrar algún dato que explicara la fotografía.

Después de un tiempo, sin encontrar respuestas, dejé de buscar. Guardé la foto en el ropero y olvidé después de un tiempo el asunto. Es decir, ya no quise seguir buscando explicación. Estuvo guardada la foto durante unos meses, hasta que conocí a uno de los tipos de la foto. No lo noté al principio, el cuate trabajaba para uno de los proveedores de la empresa en la que yo trabajaba en gerencia de compras. Se portó amistoso y como suele suceder con los gerentes de compras, me invitó un día a almorzar. Llegaron un par de amigos de él, que también me parecieron conocidos, pero aún no lograba relacionarlos con la extraña foto que había encontrado.

Ramiro, que así se llamaba el cuate, era músico y una vez que me invitó fui a verlo tocar a un bar del centro histórico. Tocaba la batería en un grupo de reggae que sonaba bastante bien. Al final lo felicité. Dentro de los músicos había una mujer, guapa, que tocaba el bajo y con quien hicimos buena plática ese día. Se llamaba Angelina. La invité a un café al siguiente día y con el tiempo nos hicimos pareja. Ella me gustaba mucho y me enamoré rápido. Creo que ella no tanto, pero la pasábamos bien. Yo le decía Angie de cariño.

Le comenté a mi papá en una llamada lo de Angie y me dijo, que bueno, las relaciones tarde o temprano terminan, ya sea porque alguno se va o porque se aburren o porque se mueren, pero siempre se terminan. Que lo mejor es no irse de boca. Fue la única vez que escuché darme un comentario sobre el tema.

Desde el principio supe que ella era la de la foto, la volví a sacar del ropero y supe cual sería el destino de la relación con Angie. Nos separaríamos después de tomar esa foto y yo mismo saldría a la calle a romperla. Lo que había encontrado era una fotografía, en papel, del futuro.

Vinieron tiempos difíciles para la empresa y Angie se fue alejando. Me fui volviendo más asocial en parte porque con menos comisiones no había dinero para salir. Angie creo que se aburrió de mí y terminamos en buenos términos. Esperé varios meses la foto y por fin, Ramiro, el amigo que me presentó a Angie, me invitó a un concierto y acepté ir. Fui con una amiga del trabajo. Digamos que al principio fue un poco incómodo pero estuve bien y la música y el ambiente era agradable. Después del concierto hubo un afterparty en la casa de uno de los músicos en la que mi amiga del trabajo tomó fotos con su teléfono. En algún momento de la madrugada, sin motivo aparente, me sentí triste y recordé la foto.

De regreso a casa revisé el celular y tenía un mensaje de texto de mi madre. Mi papá estaba grave en el hospital por un infarto que había tenido a media noche. Pero ya estaba estable. Bueno, pensé, eso explica la tristeza inexplicable de la madrugada. Le pedí las fotos a mi amiga y e imprimí las tres que había encontrado cerca de casa hace un año.

Mi papá salió del hospital y se recuperaba bastante bien, pero tuvo un segundo infarto a la semana y murió. No se me había muerto alguien tan importante, así que la tristeza fue muy aguda. Hubiera querido pasar un tiempo solo, sin hacer nada ni ir a ningún lugar, pero tuve que seguir trabajando, porque por fortuna la empresa volvía a tener buenas ventas.

Ya no tenía con quien platicar sobre los escándalos de la política ni nadie que me informara sobre el historial de los funcionarios que iban accediendo al gobierno. Semanas después de su muerte rompí las fotografías, molesto por haber visto el futuro y no poder haberlo interpretado para cambiarlo, para tener algunos años más al viejo. Procuré tirar los restos de las fotos muy lejos de casa.


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