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Homo Sapiens 2.0

Hay tres cosas que espero que cambien cuando saquen la versión 2.0 del Homo Sapiens. La primera modificación que me gustaría para la nueva versión es que nadie engorde más allá de su peso ideal. Con un gen especial bien podríamos comer todas las pizzas, hamburguesas, embutidos, chicharrones, papas fritas, choripanes, pollos fritos, churrascos, hot dogs y pasteles tres leches que queramos, sin que esto afecte nuestra silueta. Ese es un fallo grave de la actual versión: no podés comer a tus anchas sin sentirte culpable por hacer tu panza más grande.

La segunda de las cosas es quitarle la exclusividad de tener hijos a las mujeres. Las mujeres son las únicas que están cien por ciento seguras de que sus hijos son de ellas, porque los vieron salir con sus propios ojos. En cambio, nosotros —el sexo sufrido— sólo lo sabemos por pura fe. Si tenemos suerte, nuestros hijos se parecerán a nosotros y podremos estar más tranquilos. Si no tenemos suerte, entonces tenemos que pagar un costoso examen de ADN, por el cual recibimos una reprimenda de nuestras mujeres que quieren siempre que les creamos, aunque ellas no nos crean cuando les decimos que estuvimos trabajando hasta tarde y que el pintalabios en el cuello de la camisa no significa nada.

La tercera y última modificación que quiero para la versión 2.0 del Homo Sapiens tiene que ver con nuestra caducidad. Vivir unos 80 años es considerado como fortuna y llegar en buena salud, mucho más afortunado todavía. El problema es que cuando llegamos a esa edad somos ya viejitos, tenemos el pelo canoso, la piel arrugada, caminamos lento y los jóvenes nos miran con algo de desprecio, porque en su interior piensan y desean morir antes de llegar a viejos (aunque cuando llegan a una edad prudente para morir sin ser considerados viejos, quieren 15 años más). Lo mejor sería llegar a 25 años y quedarse con esa apariencia y energía hasta morir, digamos unos 200 años después.




Relatos populares


La venganza

Ester fue despedida por un error suyo en las cuentas que manejaba, error que despertó la desconfianza de su jefe y del dueño de la empresa. Ella sabía que era perfectamente comprensible porque su atenuante era demasiado inverosímil, aunque no por ello mentira. Su jefe la citó en su oficina y le explicó los motivos y hasta fue cortés y amable con ella, pero de todos modos no podía sentirse bien, quién puede en estos casos. Conteniendo las lágrimas salió de la oficina del jefe, arregló sus cosas delante de sus compañeros de trabajo y salió de la empresa. La tarde preciosa que la esperaba afuera le sirvió de consuelo, mientras en el camino a casa, en la misma camioneta 72 de todos los días, pensaba en quién diablos la iba a contratar ahora, la situación en Guatemala está jodida. Como siempre ha estado y estará.

Una tarde en el parque

En la banca del parque de la colonia está sentada una pareja de esposos que mira jugar en los columpios a sus dos hijos. Es una tarde agradable. Están sentados a la par y en silencio. No se tocan. Los dos tienen una expresión satisfecha en el rostro. El marido hace una pregunta.

Los resucitados

Mi tío Luis, el sepulturero del pueblo, fue el primero que se dio cuenta de que la gente estaba resucitando. Temprano del día, de madrugada todavía, escuchó golpes en una de las tumbas de uno de los mausoleos más grandes del cementerio. Pensó que era un animal atrapado, pero luego escuchó la voz de una mujer. Sin pensarlo ni asustarse usó el pico, rompió la lápida y la pared del mausoleo, sacó la caja y liberó a la primera resucitada.