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Homo Sapiens 2.0

Hay tres cosas que espero que cambien cuando saquen la versión 2.0 del Homo Sapiens. La primera modificación que me gustaría para la nueva versión es que nadie engorde más allá de su peso ideal. Con un gen especial bien podríamos comer todas las pizzas, hamburguesas, embutidos, chicharrones, papas fritas, choripanes, pollos fritos, churrascos, hot dogs y pasteles tres leches que queramos, sin que esto afecte nuestra silueta. Ese es un fallo grave de la actual versión: no podés comer a tus anchas sin sentirte culpable por hacer tu panza más grande.

La segunda de las cosas es quitarle la exclusividad de tener hijos a las mujeres. Las mujeres son las únicas que están cien por ciento seguras de que sus hijos son de ellas, porque los vieron salir con sus propios ojos. En cambio, nosotros —el sexo sufrido— sólo lo sabemos por pura fe. Si tenemos suerte, nuestros hijos se parecerán a nosotros y podremos estar más tranquilos. Si no tenemos suerte, entonces tenemos que pagar un costoso examen de ADN, por el cual recibimos una reprimenda de nuestras mujeres que quieren siempre que les creamos, aunque ellas no nos crean cuando les decimos que estuvimos trabajando hasta tarde y que el pintalabios en el cuello de la camisa no significa nada.

La tercera y última modificación que quiero para la versión 2.0 del Homo Sapiens tiene que ver con nuestra caducidad. Vivir unos 80 años es considerado como fortuna y llegar en buena salud, mucho más afortunado todavía. El problema es que cuando llegamos a esa edad somos ya viejitos, tenemos el pelo canoso, la piel arrugada, caminamos lento y los jóvenes nos miran con algo de desprecio, porque en su interior piensan y desean morir antes de llegar a viejos (aunque cuando llegan a una edad prudente para morir sin ser considerados viejos, quieren 15 años más). Lo mejor sería llegar a 25 años y quedarse con esa apariencia y energía hasta morir, digamos unos 200 años después.




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