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La cola del banco


Si vas al banco el día de pago cuando saliste tarde por culpa de López el contador, y necesitás el pisto para invitar a la chava de la recepción que al final de las cansadas te aceptó un cine, seguro encontrás que la cola sale del banco y termina a mitad de la cuadra. Resignado hacés la cola y tenés que estar ojo al macho para que nadie se cuele y cuando llegás a la puerta le caés mal al policía, que te registra hasta los zapatos y te dice que no alegués porque sinó no te deja entrar. Y entrás y no hay sistema, esperás media hora rezando para que vuelva y parece que dios sí te hizo caso y vuelve, pero sólo faltan 25 minutos para que cierren el banco y todavía hay cola. La cola empieza a avanzar y todo parece ir mejor, está caminando y llega hasta tres turnos antes que vos pero sólo un cajero atendiendo. Y pasan dos de los tres y ya sentís un poco de alivio, porque ya con el pisto invitarás a la recepcionista —que te está esperando en el edificio—, que no es que esté tan rica que digamos, pero tiene ese nosequé, usa un perfume que le queda rebién, es amable y buena onda, y cuando se pone su minifalda gris se ve fenomenal. Vas a ser chistoso, ameno y romántico, vas a sacar tu genial repertorio de frases ocurrentes y a la recepcionista no le va a quedar más remedio que darte un ardiente beso con lengüita, signo inequívoco de que este arroz ya se coció. Pero resulta que el tipo que está delante de vos en la cola, cuando le toca su turno saca de su portafolio mil cheques con mil depósitos y el desgraciado, ajeno a tu causa desesperada, no voltea a ver para que vos podás decirle que sólo vas a cambiar un pinche cheque. Cierran la puerta del banco y ya sólo vos y el cuate de los mil depósitos están de clientes. Por fin llegás a la ventanilla y el cajero te asusta diciendo que no hay fondos. No puede ser, le decís vos casi histérico y él vuelve a revisar la pantalla y sí tiene fondos y te paga. Salís del banco hecho pistola para regresar al edificio y entonces mirás que la recepcionista ya no te esperó y justo está cruzando la esquina con López, el contador maldito que te pagó tarde para arruinarte la vida.


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La venganza

Ester fue despedida por un error suyo en las cuentas que manejaba, error que despertó la desconfianza de su jefe y del dueño de la empresa. Ella sabía que era perfectamente comprensible porque su atenuante era demasiado inverosímil, aunque no por ello mentira. Su jefe la citó en su oficina y le explicó los motivos y hasta fue cortés y amable con ella, pero de todos modos no podía sentirse bien, quién puede en estos casos. Conteniendo las lágrimas salió de la oficina del jefe, arregló sus cosas delante de sus compañeros de trabajo y salió de la empresa. La tarde preciosa que la esperaba afuera le sirvió de consuelo, mientras en el camino a casa, en la misma camioneta 72 de todos los días, pensaba en quién diablos la iba a contratar ahora, la situación en Guatemala está jodida. Como siempre ha estado y estará.

Una tarde en el parque

En la banca del parque de la colonia está sentada una pareja de esposos que mira jugar en los columpios a sus dos hijos. Es una tarde agradable. Están sentados a la par y en silencio. No se tocan. Los dos tienen una expresión satisfecha en el rostro. El marido hace una pregunta.

Los resucitados

Mi tío Luis, el sepulturero del pueblo, fue el primero que se dio cuenta de que la gente estaba resucitando. Temprano del día, de madrugada todavía, escuchó golpes en una de las tumbas de uno de los mausoleos más grandes del cementerio. Pensó que era un animal atrapado, pero luego escuchó la voz de una mujer. Sin pensarlo ni asustarse usó el pico, rompió la lápida y la pared del mausoleo, sacó la caja y liberó a la primera resucitada.