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El migrante


A veces la historia es como la de aquel chavito que se fue para Estados Unidos, que trabajó y trabajó diciendo que un día iba a regresar a Guatemala. Siempre envió puntual la remesa para sus papás, y con el tiempo alcanzó para construir una casa bien grande para cuando regresara. El chavo, después de 20 años, ya no era tan chavo. Ya tenía cuatro hijos y una pequeña fortuna en dólares que traducida a quetzales ya se miraba bonita. Decidió entonces regresar para quedarse.

Pero nadie de su familia quiso acompañarlo, ninguno extrañaba a un país que nunca fue el suyo, había alguna simpatía por él, para las vacaciones era bonito, pero no para quedarse. Y entonces regresó solo. Volvió a su pueblo natal, con lágrimas en los ojos y ahogándose por el nudo en la garganta volvió a ver a sus papás y a sus hermanos, todos más viejos, más gordos. Y se sintió feliz.

Pero después de una semana descubrió que la Guatemala que tanto extrañaba, de la que tanto comentaba en los foros en Internet, no era ésta que visitaba. No era en la que estaba ahora. Por alguna razón inexplicable ya no era la Guatemala de su nostalgia. Se dio cuenta con dolor que ya no pertenecía a Guatemala, que tenía que regresar al norte, en donde ahora estaba su casa, su familia, su gente, a donde ahora pertenecía.


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