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El taxista

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Por el toque de queda hay pocas horas para trabajar y mucha competencia. Son las cinco de la mañana de un día domingo en plena pandemia. En el grupo de whatsapp de los taxistas todos empiezan a escribir. Casi todos dicen que está silencio.

Suena la alarma del Uber y Roberto acepta la vuelta. Está a cinco minutos del lugar y al llegar encuentra a un ejecutivo con traje y mascarilla que va a su trabajo. Entra en el carro desconfiado, mirando para todos lados.

El taxista le dice buenos días, Álvaro. El pasajero le contesta que qué tienen de buenos con esta pandemia y estos toques de queda. Le dice que se apure, que lleva prisa porque va a su trabajo. Saca su celular y se pone a ver correos de trabajo. ¡Mierda! dice de pronto, ¡no nos van a pagar!

Roberto intenta de nuevo comunicación, pero el ejecutivo ni se molesta en contestar. En su cuenta de Facebook, el ejecutivo se queja de los taxistas que hablan mucho. Recibe tres likes y un comentario en cinco minutos.

Al llegar a su destino el ejecutivo se baja y antes de llegar a su oficina le pone tres estrellas al servicio de Roberto.

El taxista ahora se va a una calle en donde puede parquear. Mira en su cuenta de Facebook algunos videos. El tema desde hace semanas es la pandemia del coronavirus, nadie puede hablar de otro tema. Roberto no tiene miedo de la enfermedad, pero sí tiene miedo de no ganar dinero, porque debe el carro a un banco, tiene dos meses atrasados de pago de luz y debe uno de agua.

Utiliza el pago del ejecutivo para comprar un pan con huevo y una coca cola como desayuno. Por la radio escucha que el gobierno dice que todo está bajo control.

El teléfono le alerta de una nueva vuelta. Esta vez es una mujer. Se coloca su mascarilla y va hacia el punto de encuentro. La mujer es una doctora de un hospital público, que sale de turno y va a su casa. Se llama Norma y tiene unos 35 años. A pesar de estar notablemente cansada, es amable y le cuenta a Roberto que en el hospital no hay casos, pero esperan lo peor para las próximas semanas. El ambiente en el hospital es de una tensa calma.

Después de darle unas indicaciones básicas y pagarle, la doctora le desea suerte y le pide que se cuide. Cinco minutos después, recibe cinco estrellas en el Uber.

Roberto trabajó varios años en un taxi rotativo, pero logró juntar algún dinero y compró su carro. Todavía debe la mitad. El banco anunció que va a correr las cuotas dos meses pero que igual tiene que pagar hasta el fin.

El chat de los taxistas lo usan cuando alguien no puede atender una carrera, pero desde que empezó la pandemia nadie ha compartido ninguna carrera. Por el chat comparten memes, videos religiosos, teorías de la conspiración y anuncios oficiales. Algunos graban mensajes de voz y procuran dar ánimos. Algunos cuentan historias de enfermos que mueren en casa de la enfermedad de la pandemia, pero que nadie dice nada porque les pueden apedrear la casa.

Roberto tiene un poco más de cuarenta años y está casado. Tiene dos hijos. Siempre había logrado descansar un día a la semana. Ahora no se puede dar ese lujo. Ya el colegio de sus hijos le dijo que no puede dejar de pagar la colegiatura. El recibo de la luz también espera ser pagado. El taxista no tiene dinero para pagar ahora, no sabe qué hará. Después de tres semanas con toque de queda poco se puede hacer.

Estacionado bajo un árbol en una avenida con árboles, cae una última carrera. Faltan pocas horas para el toque de queda así que no puede ser muy lejos.

El cliente es Alex, un tipo simpático que regresa de su trabajo a casa. Dice que sigue trabajando porque la empresa para la cual trabaja es una panificadora y que el trabajo sigue siendo igual. La panificadora sigue igual, han caído dos trabajadores por gripe pero siguen.

Alex vive cerca de la casa del taxista que aprovecha para ponerse a las órdenes para cuando necesite. Alex toma su tarjeta y baja y también le da cinco estrellas en la aplicación. Probablemente lo llame en un par de días para una carrera.

El taxista cuenta el dinero que le quedó del día. Se ríe de lo poco que es. Al llegar a casa, unos 30 minutos antes del toque de queda, su hijo menor, de seis años, está llorando. Se le ha roto un juguete. Roberto lo abraza y le dice que no hay pena, que se puede reparar. Agarra el juguete y busca pegamento y lo logra reparar. Le dice a su hijo que hay que esperar unas horas antes de que pegue pero que quedará como nuevo.

Roberto saca una pelota de plástico y juega con su hijo en el pequeño patio de la casa. Las risas del niño suenan en toda la casa y en todo el barrio mientras una patrulla de la policía pasa enfrente de la casa.