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Relatos, historias, cuentos - Fútbol

La Barbie

La Barbie era una morena guapa, de sonrisa enorme, pelo negro largo y una malicia encantadora. Nos conocimos desde pequeños, íbamos al mismo colegio y estábamos en el mismo grado. Siempre se metía en problemas, pero desde pequeña supo que su gracia y belleza la podían sacar de apuros. Su sonrisa era su principal arma. Y por supuesto, siempre me tuvo de su lado como a un pendejo.

El Mundial

Un mes antes de comenzar el mundial de Sudáfrica me despidieron del trabajo y a los pocos días Lucía me dejó. Solo y desempleado, me preparé para ver el mundial en solitario, decidido a aplazar la depresión. Todo sería como cuando era niño: tendría todo el tiempo del mundo. Al menos eso fue lo que creí al principio.

Los campeones

La temporada más feliz de mi vida fue cuando jugaba fútbol en los campos de Montserrat. Con un grupo de cuates armamos un equipo al que llamamos FC Bárcenas. Le llamamos así porque los dueños del equipo eran de Bárcenas. El Lito y el Cacho, hermanos, no eran tan buenos para jugar, pero ponían los uniformes y las pelotas para entrenar. Todos teníamos menos de veinte años y empezábamos la universidad, pocos trabajaban. Entrenábamos casi todos los días, aunque no éramos tan buenos que digamos. Jugamos tres torneos, en el primero empezamos ganando, contra todo pronóstico. Pero después todo cambió.

Un padre de familia

Cuando nació el Carlitos yo fui el hombre más feliz. Un hijo, una pequeña persona de la cual cuidar, a la cual mimar, a quien enseñarle el mundo, a quien sonreírle diciendo tonteras. Un niño del que me tenía que hacer cargo. Sin duda he cometido muchos errores, pero el Carlitos no es una mala persona, es un muchacho noble. Pero ahora que ya cumplió 15 años todo es muy diferente. Descubrió que hay un mundo afuera y que yo no siempre encajo bien ahí.

Buenas nuevas

Tres de la tarde en una colonia mixqueña cercana al límite con la ciudad de Guatemala. Yo estoy calentando mi almuerzo en el microondas y llegando tarde al partido del Barça contra el Betis por la tele. Me entero de que va perdiendo el Barça por un gol cuando está iniciando el segundo tiempo del partido. Me siento a la mesa a comer y a esperar que el Barça empate o que por lo menos Ronaldinho haga una de esas de jugadas diferentes que le hacen ganar tantos millones pero que en el mundial ni señas dieron. La cosa no se mira bien para los blaugranas, entonces suena el timbre y pese a un extraño presentimiento contesto el intercomunicador, para mi maldición.

Lágrimas

En la panadería de la esquina está la dependiente del mostrador llorando. Es una muchacha regordeta y simpática. Entra una de las clientas del lugar, pide su pan y le pregunta que por qué llora. La señora piensa que la muchacha debe estar llorando por algún amor, porque eso es lo más común del mundo y va a aconsejarla: a todos nos pasa, ya va a venir alguien más, Dios sabe por qué pasan las cosas. La muchacha contesta que hoy le dijeron que no le van a pagar (es fin de mes) sino hasta la semana próxima y ella necesitaba el dinero para la medicina de su mamá. La señora vuelve a casa con un amargo nudo en la garganta y mira cómo su hijo adolescente que no tiene nada que ver con Argentina, llora su eliminación del mundial.

La Selección de Guatemala pierde con México

Para todos los efectos legales, yo no fui a comprar mi entrada de general norte para el partido contra México, no tenía la ilusión de que la selección ganara, no estuve el sábado cuatro de junio desde las cuatro de la tarde en el estadio Mateo Flores y no vi perder en vivo a mi selección por dos a cero. Creo, sin embargo, que el árbitro tuvo culpa: si hubiera marcado los cinco penales clarísimos que le cometieron a nuestros jugadores, hubiéramos goleado cinco a dos a los mexicanos. Pero es evidente que todo lo tenemos en contra.

We are the champions

Ayer por la tarde se jugó la final de Champions League. Liverpool se enfrentó al Milan, pero como no soy simpatizante de ninguno de los dos equipos no me interesé mucho en el juego. Sucedió que me enteré en la calle cuando iba a una diligencia de trabajo —por medio del radio de un chiclero de la parada de autobús—, que iban a tiempo extra después de empatar tres a tres. En el camino de regreso a la oficina, después de la diligencia de trabajo, me puse a ver los últimos penales de la contienda desde afuera de una librería en donde tenían una tele con el partido y donde a su alrededor también habían otros cuates que deberían estar trabajando. No me importaba quién ganara, yo le iba al ganador. Y entonces ganó el Liverpool —la tierra de Los Beatles, pensé—, y vi de nuevo esa efuria de campeón de los futbolistas al concluir el partido, vi cómo corren desaforadamente a abrazarse, felices y realizados por su éxito; y cómo en los graderíos también su gente celebra con locura. Entonces me regr

Es mejor que Guatemala no clasifique al Mundial

He ido a todos los partidos de local de la actual eliminatoria mundialista y he gritado los goles como el más fanático. He pasado toda mi vida soñando con estar vivo para cuando mi país llegue al mundial. Desde 1989 he llorado las derrotas que nos han dejado una y otra vez fuera del camino a la cita más grande del fútbol. Pero después de darme cuenta de las consecuencias que puede tener dicha clasificación, lo mejor que nos puede pasar es quedar eliminados de Alemania 2006.

Las olas del estadio

Con la Gladis dispusimos ir al estadio el sábado para ver Guate contra Trinidad y Tobago. Como cosa rara, goleamos 5 a 1. Toda la mara en el estadio pensaba que nos habían cambiado a los jugadores. Pero no, eran los mismos pisados de siempre. El mismo Pando, el mismo Pescado Ruiz y el mismo Chalo. Al principio no tenía muchas ganas de ir porque la Gladis podía descubrir que yo soy una vaca para hacer las olas en el estadio. No le agarro la onda cómo es. Por más que el Chepe Quincho me explicó un cacho y hasta repasamos cómo hacerlo, yo sigo siendo mero mula para esas cosas.

Recuerdos de infancia

Ayer por la tarde pasé por la Plaza Central de la ciudad de Guatemala. Me dirigía de la séptima avenida hacia mi oficina —ubicada en la cuarta avenida—, después de hacer una diligencia de trabajo. A la par de la fuente estaba un grupo de limpiabotas adolescentes echándose una chamusca (partido informal de fútbol). De repente, a consecuencia de un disparo desviado, la pelota vino hacia mí acompañada del grito de costumbre: ¡bola porfa! La recibí, la levanté con el pie derecho, hice dos toques sin dejarla caer y le pegué hacia donde estaban los limpiabotas, como en mis mejores tiempos. Y cuando di aquella patada, retrocedí 18 años, a octubre de 1986.