La invitación

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Margarita trabajaba en una tienda de ropa en un comercial concurrido. Su sonrisa, juventud, belleza y actitud hacían que llegara a sus metas de venta. No ganaba bien, apenas le alcanzaba para pagar su cuarto en una casa de huéspedes.

El perdedor

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A Frank siempre le salía todo mal. De niños lo escogíamos de último para jugar fútbol porque era malo. Cuando lo enviaban a la tienda nunca hacía el mandado bien, o le faltaba vuelto o no compraba lo que tenía que comprar. En el colegio perdía las clases y siempre terminaba castigado por cosas que él no hacía. Lo que nunca le faltó fue buen corazón.

El aniversario

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La empresa para la que trabajaba cumplía diez años de fundada. En ese tiempo el dueño había logrado hacerla crecer hasta tener una cartera importante de clientes y más de cien empleados. En la fiesta de aniversario todo se descontroló y estuvo a punto de acabar muy mal.

El homúnculo

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El homúnculo que creé era diminuto, tenía figura humanoide, piel viscosa, voz chillona y comía manías pulverizadas. Era amistoso y obediente al principio pero poco a poco se fue volviendo impertinente e insolente. Hiriente con frases sarcásticas, terminó pareciendo una caricatura mía. Estuve a punto de matarlo.

El abuelo

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Con el paso del tiempo supe que no había nadie en el mundo a quien mi cumpleaños le hiciera tan feliz como a mi abuelo. Nunca falló en saludarme. De niño él llegaba muy temprano con su regalo que casi siempre eran pistolas de plástico que lanzaban dardos. Y yo salía de inmediato al jardín a matar a todos los malos, así como en las películas.

Road trip

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Darío decidió no ir a trabajar. Estaba cansado de que para su jefe nada de lo que hacía estaba bien. Lo hastiaban los compañeros de trabajo que aceptaban cualquier abuso con tal de conservar el empleo. Tampoco se quedaría en casa, iba a agarrar el carro con cualquier rumbo, menos el del trabajo.

El jugador

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La primera vez que entré a un casino perdí todo el dinero que llevaba, que era poco, en las máquinas tragamonedas. Luego volví a ir y tripliqué lo que llevaba. Una tercera vez lo cuadripliqué. No volví a ganar igual pero el vicio ya lo tenía. La esperanza de ganar es lo último que se pierde. El casino a donde iba era un lugar agradable, sin frío y sin calor, con mujeres bonitas que te llevaban todas las bebidas que quisieras.

La huida

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Elvira tuvo la mala suerte de nacer en una colonia dominada por la pandilla del Barrio 18. Se hizo amiga de pandilleros para no tener problemas, pero nunca dejó de estudiar. No participaba en las actividades de la pandilla, pero era considerada como parte. Obtenía buenas notas en la escuela y no causaba problemas en casa. Sin embargo, cuando tenía 16 años, se enamoró de un muchacho de una pandilla contraria.