Yo soy un tipo más bien tranquilo, de modales correctos, que nunca se sale del libreto que marca la sociedad. Pero al cruzar el charco, nuevos aires me pegaron y quise hacer algo proscrito, algo prohibido, algo al margen de la ley y lucrar con ello. Cuando vine, noté que en las Ramblas se colocan algunos tipos con six-packs de cerveza para venderle a los amigos de la noche que pasean por ahí. Se colocan cerca de las entradas del metro, y si miran a un policía, entran corriendo a la estación y toman el metro para que se los lleve a la chingada, porque esa actividad está prohibida, como muchas otras cosas por aquí. Eso es lo que quiero hacer, me dije convencido. Ganar dinero al margen de la ley, correr peligro y retar a la autoridad. Ser un delincuente. Y entonces fui a un supermercado, compré la mercancía y salí en la noche por las Ramblas a cometer delito y beneficiarme económicamente. Hice un primer recorrido sin sacar las latas de la bolsa y luego, con el corazón explotándome en los oídos, saqué el six-pack y empecé a ofrecer cerveza. Me sentía triunfal, invencible y ya me hacía con los tres sucios euros que iba a ganar. Vendí una, y luego otra. Todo parecía funcionar, la adrenalina fluía a borbotones. Hasta que una mujer policía se acercó por detrás y abusivamente quiso tomar mi mercancía y me dijo “no, eso no, tío”. Yo no soy su tío ni usted es mi sobrina, quise decirle, pero la prudencia pudo más. Luego vino otro policía y me preguntó que qué hacía yo con eso, y le dije con falsa seguridad, casi cagándome y con la respiración que no me daba, que eran mías. Y el policía me dijo que disculpara, que si hubiera sido de otra nacionalidad…
Es una de las veces en que he querido más a Guatemala. Aunque lo más probable es que el poli pensara que soy mexicano. Para celebrar, me tomé las cuatro cervezas que me quedaron.