Archivo de la categoría: Breves

Tres cuentos instantáneos

1. Extraterrestres y nazis

Se cuenta que en Guatemala, en Mazatenango, vivía un hijo de un nazi que vino huyendo de Alemania. Rudiger era su nombre. Entre sus aficiones estaba la astronomía y con el tiempo llegó a ser uno de los astrónomos más reputados del país. Daba conferencias y era invitado a reuniones internacionales en países de Europa y América. Leer más »

Una rosa amarilla

Se me antojó una cerveza y bajé a comprarla a la tienda. Era una noche templada, con viento fresco. Estaba tranquilo el ambiente. El muchacho de la tienda estaba contento, ayer había nacido su hijo. Me quedé ahí a tomarme la cerveza. La vecina del apartamento de arriba bajó y llegó a la tienda. Vestía unos shorts que le quedaban lindos. De repente se oyó un ruido como un choque o explosión y salimos, temerosos, a ver qué pasaba. El vecino del apartamento del séptimo nivel se había tirado de la azotea del edificio. Leer más »

Una estrella

A Fernando Omar, in memoriam

Suena el teléfono en un barrio del interior de la república. Una anciana de hablar pausado contesta. Alguien al otro lado del teléfono, desde la capital, hace un reclamo:

——Qué tal vos Juanita, estoy enojado con vos.

——¿Por qué m’hijito, qué hice? Vos sabés que te quiero mucho ——contesta la abuelita. Leer más »

El primer día de clases

Durante toda la semana de lo único que habla la pequeña María es de que va a ir al colegio. Mira sus crayones de cera, sus libros de pintar y se le encienden sus ojos traviesos. Sus papás, preocupados de que no se adapte, la sondean de vez en cuando: nena, ¿verdad que no vas a llorar? La nena contesta que no, mientras sigue mirando sus crayones de cera y las acuarelas de colores. Su mamá la mira e intenta adivinar qué podrá sentir una niña de cuatro años que irá por primera vez al colegio. Leer más »

Lágrimas

En la panadería de la esquina está la dependiente del mostrador llorando. Es una muchacha regordeta y simpática. Entra una de las clientas del lugar, pide su pan y le pregunta que por qué llora. La señora piensa que la muchacha debe estar llorando por algún amor, porque eso es lo más común del mundo y va a aconsejarla: a todos nos pasa, ya va a venir alguien más, Dios sabe por qué pasan las cosas. La muchacha contesta que hoy le dijeron que no le van a pagar (es fin de mes) sino hasta la semana próxima y ella necesitaba el dinero para la medicina de su mamá. La señora vuelve a casa con un amargo nudo en la garganta y mira cómo su hijo adolescente que no tiene nada que ver con Argentina, llora su eliminación del mundial.

No es casualidad

Llego a Madrid, voy al Parque del Retiro y busco la plaza Guatemala por esa manía que todos tenemos de buscarnos a nosotros mismos en cualquier lugar. Después de haber pasado cerca y no saberlo, en una de las tantas vueltas, la encuentro. Tomo un par de fotos, y cuando voy a sentarme en una de las bancas llegan dos patrullas de policía que tienen escrito al lado “Guías Caninos”. Me siento en la banca y pienso que sería un detalle curioso fotografiar a los policías en la Plaza Guatemala, enciendo mi cámara y tomo una fotografía del grupo de policías, con las patrullas al fondo. Y luego se voltea uno de los policías y me mira con cara un poco maleada, se acerca y me pregunta que si es una cámara digital y cuando le digo que sí, pide que le muestre la foto. Yo espero que no me quite la cámara ni que me diga que borre la fotografía porque no lo voy a hacer y entonces de repente hay clavo. Le muestro la foto, ve que todos están de espaldas, me dice algo que no recuerdo y se retira. Yo entonces enciendo mi aparatito de mp3, selecciono Autumn Leaves de Miles Davis, y pienso que no puede ser casualidad que el primer día que paseo por Madrid haya sucedido esto, justo en la Plaza Guatemala.

Pròxima estació: Can Vidalet

En el metro de Barcelona anuncian la llegada a cada estación en catalán. Como es parecido al español en ciertas cosas, se entiende bien, como pueden observar en el título. Una mujer dice pròxima estació y un hombre contesta anunciando el lugar. Otras veces es al revés: un hombre dice pròxima estació y la mujer contesta. La vocalización es neutra, sólo cumple con el requisito de anunciar con buena dicción y nada más. Salvo por la estación de Can Vidalet, en la línea 5, cuando es la voz masculina la que contesta.

Al anunciar Can Vidalet el cuate pronuncia como si estuviese recitando un poema, como si una sonrisa se le asomara cuando termina de pronunciar la n. Como si existieran signos de admiración; un poco discretos, eso sí. Después de haberlo escuchado ya un montón de veces porque es la estación que queda más cerca de donde estoy viviendo, estoy convencido de que el locutor estaba enamorado de alguien en Can Vidalet. La sonrisa que aparece cuando pronuncia la n se queda el resto de la vocalización, y cuando llega la i la grabación adquiere un tono primaveral romanticoide que no deja dudas. La ele está pronunciada de una manera segura, lo que me hace pensar que es correspondido, y por eso el tono primaveral romanticoide de la i. La d, por otra parte, da la impresión de que el cuate al principio sólo se la quería coger. Es decir, empezó a visitarla porque le gustaba su cuerpo, por esa su minifalda cortita cortita que se ponía en verano (cuando la conoció). Pero de tanto ir a su casa sin cogérsela, terminó enamorándose sin remedio. Para finalizar, el cuate no pronuncia la t, a diferencia de cuando la que dice el lugar es la voz femenina. Si hubiese terminado con una t categórica, me daría a pensar que se la pasa bien, pero que cree que la relación terminará. Creo que ese detalle es el que anuncia que el hombre de la voz del metro, se casará o piensa casarse con la doncella de Can Vidalet. Seguro que cuando ya lleve algún tiempo casado con la chica de Can Vidalet, ya no pronuncia igual.

Al margen de la ley

Yo soy un tipo más bien tranquilo, de modales correctos, que nunca se sale del libreto que marca la sociedad. Pero al cruzar el charco, nuevos aires me pegaron y quise hacer algo proscrito, algo prohibido, algo al margen de la ley y lucrar con ello. Cuando vine, noté que en las Ramblas se colocan algunos tipos con six-packs de cerveza para venderle a los amigos de la noche que pasean por ahí. Se colocan cerca de las entradas del metro, y si miran a un policía, entran corriendo a la estación y toman el metro para que se los lleve a la chingada, porque esa actividad está prohibida, como muchas otras cosas por aquí. Eso es lo que quiero hacer, me dije convencido. Ganar dinero al margen de la ley, correr peligro y retar a la autoridad. Ser un delincuente. Y entonces fui a un supermercado, compré la mercancía y salí en la noche por las Ramblas a cometer delito y beneficiarme económicamente. Hice un primer recorrido sin sacar las latas de la bolsa y luego, con el corazón explotándome en los oídos, saqué el six-pack y empecé a ofrecer cerveza. Me sentía triunfal, invencible y ya me hacía con los tres sucios euros que iba a ganar. Vendí una, y luego otra. Todo parecía funcionar, la adrenalina fluía a borbotones. Hasta que una mujer policía se acercó por detrás y abusivamente quiso tomar mi mercancía y me dijo “no, eso no, tío”. Yo no soy su tío ni usted es mi sobrina, quise decirle, pero la prudencia pudo más. Luego vino otro policía y me preguntó que qué hacía yo con eso, y le dije con falsa seguridad, casi cagándome y con la respiración que no me daba, que eran mías. Y el policía me dijo que disculpara, que si hubiera sido de otra nacionalidad…

Es una de las veces en que he querido más a Guatemala. Aunque lo más probable es que el poli pensara que soy mexicano. Para celebrar, me tomé las cuatro cervezas que me quedaron.

El locutorio del pakistaní

En Barcelona los locutorios (que no son cosas de locos, sino cafés internet) casi siempre son atendidos por pakistaníes que no entienden mucho de español. Parece que sólo les enseñan a decir “una hora un euro” y luego no te dicen por favor pase a la máquina seis, sino sólo te dicen “seis”. “Seis qué” le dije yo el primer día y el pakistaní de turno me miró angustiado con cara de a este cuate no le entiendo ni rosca, tratando inútilmente que sus neuronas procesaran el mensaje. Tranquilo pakistaní, le dije, me voy a la máquina seis porque supongo que eso querés, pero no me pongás cara de chucho regañado pues, que no es para tanto, aquí no estamos peleando. A la siguiente vez le dije que sólo quería media hora, que cuánto costaba. Pakistaní volvió a poner su cara de chucho regañado. Mirá pues pakistaní, le dije, si una hora un euro (asintió feliz por entender eso), media hora 50 céntimos, cin-cuen-ta cén-ti-mos pakistaní, ¿vale?, quiero decir ¿me entendés?, y pakistaní dijo que sí.

Media vez no te movás de esos parámetros, podés ingresar a internet tranquilo en cualquier locutorio. Pero ahora que no voy tanto con pakistaní, porque compré un paquete para internet ilimitado, veo que pakistaní me mira muy serio cuando paso enfrente de su local, porque sabe que estoy yendo a otra parte a internet. Así que para no sentirme mal ahora tengo que ir al menos media hora al internet con pakistaní y luego venir aquí, ya tranquilo, a escribir un post.

Limpieza recurrente

Una vez al año, limpio mi cuarto de la basura, libros, cd’s y cassettes, ropa y zapatos que me están restando espacio. Miro los papeles que me recuerdan algunos pendientes y que me hacen sentir un poco cucaracha, aunque no tanto. Aparecen los libros que compré y que a pesar de tener un prólogo que indica que la obra es genial, no valían la pena, lo que me hace pensar que los prólogos sólo deberían ser para autores consagrados. Veo los cd’s con rolas que ya no muy me cuadran, una guitarra rústica que no suena bien y que tiene sólo tres cuerdas, una flauta traversa descompuesta hace rato porque nunca tengo pisto para arreglarla, un montón de cajas, una impresora HP descompuesta y un aparato de sonido que todavía tiene tornamesa para discos de acetato (de los últimos que se vendían). Esta vez sí estoy decidido a no claudicar y tirar todo. Creo que sólo la flauta se salvará —en espera de mejores tiempos— junto a unos cuantos cd’s y libros. El desafío será no acumular tanto, vivir un poco más ligero, ser más selectivo. Eso es lo que me repito todos los años.