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Una visita

Ayer a eso de las cuatro de la tarde, iba yo caminando por el Parque Central frente al Palacio Nacional, pensando en qué bonito sería verte y platicar con vos. Estaba haciendo un calor de la gran diabla por culpa de un sol quemante que en algún momento, no sé cómo, me dio de lleno en los ojos y me obligó a cerrarlos. En un instante el clima cambió y empezó a llover muy fuerte y cuando abrí los ojos, ya no era el Parque ni el Palacio, sino la calle frente a tu casa y me estaba mojando, entonces abrí la puerta, así como la abren ustedes, y entré. No se miraba a nadie por ningún lado, yo recordaba que me habías dicho que los miércoles tenías clases por la tarde, así que no estarías en casa. Pero entré, mojado como estaba, me asomé a la puerta de tu cuarto y ahí estabas vos, bien cuajada, como la bella durmiente de los cuentos.

El mejor candidato

El último sábado de mayo, iba yo al cementerio de Coatepeque a enterrar al último de los hermanos de mi papá. Cualquiera que haya enterrado a un ser querido se podrá imaginar cómo es la cosa. En este caso, mi tío ya era anciano y había vivido ya una existencia productiva y decente, así que el dolor tiene su atenuante. Un par de días antes, lo había visto en el hospital ya muy grave, después de un par de meses de sufrir, sabíamos todos que el final estaba cerca.

No me va a pasar nada

Temprano de la mañana Aníbal se levanta para ir al chance, se arregla, desayuna. Hoy le prestó el carro su papá porque en la tarde tiene exámenes finales en la universidad. Le dice a su mamá que le está yendo bien, y su mamá lo mira orgullosa, con un brillo especial de ojos. Aníbal siempre fue un buen patojo, nunca molestó. Sale de la casa y su mamá le sigue para echarle la bendición y cerrar la puerta del garage. Se acerca a la ventanilla del carro.

La máquina de la nostalgia

Mariano Varsavsky, un científico guatemalteco de origen judío, inventó hace algunos años una máquina del tiempo. A pesar de sus muchos intentos sólo logró viajar cinco minutos en el tiempo. Cinco minutos para atrás o cinco para adelante, algo que no era muy útil que digamos. Después de desvelos y esfuerzos inútiles, decidió abandonar la empresa de hacer una máquina que viajara más tiempo e inventó entonces una máquina para eliminar la nostalgia.

El Hulk que llevamos dentro

En los años 70’s y 80’s se transmitía una serie de televisión que en español se llamaba Hulk, el hombre increíble (pronúnciese jolc). La historia trataba de un doctor llamado David Banner, quien había sido sometido a una sobredosis de rayos gamma, en un experimento de nosequediablos. Desde ese experimento, el cuate al ponerse como la gran diabla se convertía en un grandulón musculoso, despeinado y verde, que vergueaba a todo el mundo. A mí a veces me sucede lo mismo, sólo que sin ser ni grandulón, ni musculoso, ni verde.

El tesoro de Pie de Lana

UNO

—Estoy seguro que el tesoro de Pie de Lana está en la casa de doña Tina, la maestra. Todo será cuestión de convencerla para que nos deje hacer un par de hoyitos y sacarlo. Le tenemos que dar una su buena parte, porque ni modo que se quede sin nada. Pero te digo, ese tesoro está en joyas y oro, deben ser por lo menos un par de milloncitos de pesos —le decía el Tono al Tito en la cantina de doña Tona, después de acabarse el primer octavo de la tarde.

La camioneta de la bella durmiente

El martes de la semana pasada fui a la agencia de SAT central y para el viaje decidí usar nuestra popular y democrática camioneta. Luego de hacer las diligencias que necesitaba hacer, tomé una camioneta número 82 que venía medio vacía para regresar a la oficina. Al nomás subir, vi una bella colegiala que estaba dormida en uno de los asientos, con la cabeza recostada en una de las ventanillas y el asiento que tenía a la par, vacío. Tez morena clara, pelo negro lacio y largo, puro de Head & Shoulders, una boquita apenas entreabierta, un maquillaje discreto y una naricita coqueta. Lo mismo podía pasar como guatemalteca o filipina. Vestía un uniforme azul de colegio, con la falda un poco más corta de lo normal. Parecía ser de los últimos años de secretariado o magisterio. Llevaba en sus piernas su mochila grande, repleta, que por lo menos tenía que pesar 25 libras.

La muerte del Chato

Si hubiéramos sabido que el Chato se nos iba a morir en Xela, mejor nos hubiéramos quedado en nuestras casas todo el fin de semana viendo películas, fútbol nacional y fútbol español. Nos hubiéramos enterado de que el Chato se había muerto y habríamos ido a su funeral y habríamos moqueado en el entierro (porque el Chato era buena onda), y al final habríamos regresado a nuestras casas tranquilos, tristones, sí, pero tranquilos. Pero el viernes el Chato estaba necio que quería ir a un concierto de unos sus cuates rockeros en Xela y además que iba a visitar a una su tráida allá. Que sí hombre muchá, nos decía el Chato, que va a estar chilero, vénganse, yo pongo el carro, no me quiero ir solito porque muy aburrido, háganme la pala, nos quedamos en la casa de mi tío Luis que ahora está desocupada. Y sí dijimos nosotros y nos fuimos con el Chato. En el carro fuimos oyendo el CD del Buena Vista Social Club con ese montón de viejitos cantando música cubana, chico. Íbamos bien alegres echándonos las chelas, esperando que no hiciera tanto frío en Xela, pero dispuestos a la chingadera. Tuvimos que hacer varias paradas técnicas en el camino para comprar más chela y bocas y descargar líquido. El Chato iba tranquilo porque estaba manejando, y como nos vio que estábamos algo a moronga, no nos pidió a ninguno que manejáramos para que descansara. Llegamos como a eso de las seis de la tarde, y fuimos al bendito concierto de los rockeros y nos conectamos a varias de las cuatas de la tráida del Chato y nos las llevamos a la casa del tío Luis después del concierto. Y allí pusimos música a todo volumen y le entramos un cacho a la bailadera con los culitos, que ya con sus chelas encima, empezaban a tirar balón grueso. Y otra vez los viejitos del Buena Vista cantando en el barrio La Cachimba se ha formado la corredera, y nosotros con los culitos bailando pegadito. Pero entonces el Chato mero burro se resbaló cuando salía a hacer no sé qué al patio y se pegó un pijazo en la cabeza con la orilla de una grada y le empezó a salir sangre a chorros. Y empezó a convulsionar mientras uno de los viejitos en las bocinas estaba diciendo se volvió loco Barbarito, hay que ingresarlo, y todos ahuevados. Y el Chato seguía convulsionando, hasta que poco a poco se quedó quietecito quietecito, sin respirar ni nada. El Chato ya había estirado la pata; a todos se nos pasó la moronga al instante. Empezamos a pensar en qué putas íbamos a hacer, qué va a pasar. Pensamos que mejor nos lo llevábamos de regreso a la capital en el carro y les dijimos a los culitos que se fueran a sus casas que nosotros las llamábamos para avisarles qué onda cuando ya estuviéramos en Guate, pero la tráida se nos pegó y no nos la pudimos zafar. Le limpiamos la sangre al Chato y limpiamos el piso, la sangre era exagerada, en un ratito ya se había formado un charcón. Intentamos meter al Chato en el baúl del carro, pero no nos cupo bien, así que nos lo tuvimos que llevar sentado en el asiento de atrás, hay que ver cómo pesan los muertos, nos costó sentarlo bien. Nos fuimos hechos pistola, el acelerador hasta el fondo todo el camino. En Los Encuentros había un retén de policía, y nos ahuevamos un cacho, pero no nos hicieron la parada. Pero en San Lucas había otro retén y ahí sí nos detuvieron los policías y empezamos a sudar frío. Uno de los chontes pidió los papeles y quiso que nos bajáramos todos, pero le dijimos que el Chato estaba muy a verga y nos dijo que no había clavo, pero le tuvimos que dar cien pesos para que no siguiera chingando. Fuimos a donde un cuate que es doctor y le dijimos que el Chato se había caído en un bar de aquí cerca y que le había salido mucha sangre y el cuate doctor lo vio y nos dijo que ya estaba muerto, y pusimos cara de asustados y empezamos a chillar y a hacer pucheros y a pegarle con los puños a las paredes. Entonces llamamos a los papás y vinieron y también lloraron a moco tendido. Después vino la funeraria, el cuate doctor hizo el acta de defunción y se lo llevaron. Al otro día lo enterramos y llamamos a los culitos de Xela para contarles que todo había salido bien, y que de repente el otro fin de semana íbamos por allá a parrandear.

Descanso camionetero

Yo solía ser de los cuates que agarraban un lugar junto a la ventanilla de la camioneta y se dormían todo el camino. Estaba perfectamente sincronizado, siempre me despertaba una cuadra antes de mi casa. Pero ahora la cosa está difícil. Cuando vos subís a una camioneta el promedio de vendedores que se suben a gritar es de tres o cuatro, dependiendo de la ruta y de lo largo del trayecto. Aparte de los vendedores también se suben supuestos mareros y drogadictos rehabilitados casi amenazando si no das pisto, mujeres con bebés a cuestas (a veces prestados), niños que gritan coros evangélicos. Tené por seguro que siempre habrá alguien que te despierte.

Lecciones de Español III

Proseguimos con nuestras necesarias e imprescindibles lecciones de español. En esta ocasión estudiaremos las correctas formas de llamar a las personas.

La Selección de Guatemala pierde con México

Para todos los efectos legales, yo no fui a comprar mi entrada de general norte para el partido contra México, no tenía la ilusión de que la selección ganara, no estuve el sábado cuatro de junio desde las cuatro de la tarde en el estadio Mateo Flores y no vi perder en vivo a mi selección por dos a cero. Creo, sin embargo, que el árbitro tuvo culpa: si hubiera marcado los cinco penales clarísimos que le cometieron a nuestros jugadores, hubiéramos goleado cinco a dos a los mexicanos. Pero es evidente que todo lo tenemos en contra.

El indolente

Iba cruzando la plaza central de la Ciudad de Guatemala cuando vi al niñito de unos tres años corriendo atrás de las palomas que suelen visitar la plaza. Se divertía a carcajadas viendo cómo le huían. De repente, una de las palomas que ahuyentaba el güiro voló de regreso en contra de la vía de sus compañeras, y fue a picotear en la cabeza al niño, que asustado, respondió llorando.

Es mejor que Guatemala no clasifique al Mundial

He ido a todos los partidos de local de la actual eliminatoria mundialista y he gritado los goles como el más fanático. He pasado toda mi vida soñando con estar vivo para cuando mi país llegue al mundial. Desde 1989 he llorado las derrotas que nos han dejado una y otra vez fuera del camino a la cita más grande del fútbol. Pero después de darme cuenta de las consecuencias que puede tener dicha clasificación, lo mejor que nos puede pasar es quedar eliminados de Alemania 2006.

Las olas del estadio

Con la Gladis dispusimos ir al estadio el sábado para ver Guate contra Trinidad y Tobago. Como cosa rara, goleamos 5 a 1. Toda la mara en el estadio pensaba que nos habían cambiado a los jugadores. Pero no, eran los mismos pisados de siempre. El mismo Pando, el mismo Pescado Ruiz y el mismo Chalo. Al principio no tenía muchas ganas de ir porque la Gladis podía descubrir que yo soy una vaca para hacer las olas en el estadio. No le agarro la onda cómo es. Por más que el Chepe Quincho me explicó un cacho y hasta repasamos cómo hacerlo, yo sigo siendo mero mula para esas cosas.

Los chapines conquistarán USA

Los guatemaltecos desde hace varias décadas callada la boca estamos conquistando USA. Los gringos, que se las llevan de muy pilas, ni cuenta se han fijado de que nuestro plan avanza con paso firme. Mientras ellos están cuidándose del Osama y están invadiendo Irak, los chapines nos estamos pasando a vivir allá y mandando dólares para Guatemala. Ya tenemos casi el 10% de nuestra población allá en el norte.

Últimas cinco calles

Me sorprendí viéndome a mí mismo. Es como si uno estuviera siguiéndose en un helicóptero silencioso una altura de diez metros. Pude ver mi propio caminado, mis gestos. Para ser honestos, me miraba bien.